La estepa infinita. Mis años en Siberia. Esther Hautzig

Acabo de terminar de leer un maravilloso libro: La estepa infinita, de Esther Hautzig.

La protagonista es la propia Esther, y en sus páginas narra los años de su infancia pasados con su familia en Rubtsovk, un pequeño pueblo de la estepa siberiana, cuando son deportados por el ejército comunista por haber cometido  el “crimen” de ser judíos capitalistas.

La historia comienza en junio de 1941. Esther tiene entonces once años. Los suficientes para que sus ojos infantiles se topen con la injusticia, el odio irracional, la pobreza extrema, la amargura de la muerte de seres queridos… Ojos que aprenden con rapidez a ser valientes para resistir hasta el final y amar el diario acontecer en medio de una situación penosa.

Los ojos de Esther me han cautivado. El realismo de su historia es un bofetón a mis cobardías. Este libro me ha ayudado a reflexionar sobre la grandeza del ser humano que es capaz -cuando se olvida de sí mismo- de amar el diario acontecer y afrontar un nuevo día con dignidad, valentía … y hasta con sentido del humor.

Pero, sin duda, hay además de Esther, tres personajes más que conmueven y aleccionan: los padres y la abuela de Esther. No desvelo más, porque animo a todas las personas que lean esta entrada del blog a comenzar la lectura de La estepa infinita.

Pero no quiero concluir sin referirme a uno de los momentos del libro que más me ha impactado. Es el momento en el que Esther ha terminado el encargo de confeccionar, con un poco de hilo rosa y tela azul, “un cuello, unos puños a juego, además de un pañuelito, añadiendo a ganchillo unos ribetes de encaje rosa a aquella tela azul. El encargo me entusiasmó y le prometí (a Alexandra Lvovna) que se lo llevaría sin falta el domingo.

El domingo lo tenía todo listo.

Le dije a mi madre que me iba a casa de Alexandra Lvovna a entregárselo.

En Siberia, en pleno invierno, antes de recorrer la menor distancia había que estudiar el cielo. Mi madre se acercó a la ventana.

-No- dijo-. No vas a salir. El horizonte está negrísimo. Creo que habrá una tormenta.

Yo también miré, pero lo único que veía en aquel momento eran los rublos que Alexandra Lvovna iba a darme y el trozo de carne que compraría ese mismo día y, quién sabía, quizá una ración de semillas de girasol. Alegué que tenía que ir sin falta, que no iba a haber ninguna tormenta y que, si la había, me adelantaría corriendo antes de que llegase.

-Por favor, por favor, por favor…

Mi madre se tapó los oídos.

-Anda, ve. Eres tan terca…

Antes de salir, me hizo prometerle que si el tiempo se ponía muy feo cuando llegase a casa de Alexandra Lvovna, no saldría de allí hasta que hubiera pasado el peligro.

Cuando emprendí el camino hacia el novostroika, vi a mi espalda, todavía muy lejos, una mancha oscura en el ho­rizonte. El viento parecía haberse detenido.

Tenía ante mí una hora de camino e intenté adoptar un paso rápido, pero que tampoco me dejara sin aliento. Mientras me dirigía hacia el sur, lejos de aquella mancha oscura, tenía cosas más agradables en que pensar. Caminar sola por la estepa era el momento ideal para soñar des­pierta.

Cuando llegué a casa de Alexandra Lvovna, la mancha oscura había desaparecido y el cielo se veía mucho más lu­minoso.

Alexandra Lvovna quedó satisfecha con mi trabajo y me dijo que pronto tendría más cosas para mí. Yo estaba encantada. Aquello había sido mucho más fácil que tejer jerséis y, además, uno cobraba más deprisa.

Sólo que no te pagaban.

—Ah, no, querida. Cobrarás cuando me paguen a mí el vestido —me dijo con dulzura Alexandra Lvovna.

A mí me pareció que no se estaba portando bien, que ella tenía dinero para pagarme en ese momento.

—Pero… Alexandra Lvovna… —Empecé a protestar, pero me lo pensé mejor. Quería que me diese más trabajo, lo necesitaba con desesperación, y no podía ponerme a dis­cutir.

Salí furiosa de su casa, con los puños apretados e im­plorando que cayesen sobre su cabeza todas las maldiciones que había aprendido a aquellas alturas (unas cuantas ya).

Caminaba deprisa, impulsada por la furia y sin prestar atención a ninguna tormenta, salvo a la que bullía en mi in­terior.

Me encontraba a medio camino cuando vi los primeros signos de peligro. A mi alrededor, hasta donde la vista al­canzaba, la nieve se alzaba de la estepa y giraba en espiral. Esa masa de nieve que se arremolina con el viento se llama buran. El buran por sí solo, cuando se alza en la estepa, es muy peligroso; te ciega completamente con sus remolinos y entraña mucho más peligro que una nevada. Durante un segundo, sentí como si la enorme estepa estuviese girando bajo mis pies. Luego, como siempre ocurre en Siberia du­rante una gran tormenta de invierno, se volvió todo negro. El viento soplaba con tal fuerza que yo caminaba dando bandazos, y ahora la nieve me llegaba tanto del cielo como de la tierra. El mundo se había convertido en un negro em­budo rugiente que giraba y giraba, y yo estaba sumida en el fondo de su torbellino. Sola. Completamente sola.

Empecé a abrirme paso a través de la tormenta con to­das mis fuerzas. Sabía que si me dejaba ganar por el pánico, que si empezaba a caminar en círculo o simplemente me detenía, moriría allí mismo. Así de simple y brutal. Infini­dad de personas habían muerto de ese modo. Un solo mi­nuto de descanso podía resultar fatídico.

No paraba de decirme que debía avanzar, continuar a trancas y barrancas. Pero con el viento zarandeándome bas­tante trabajo tenía con mantenerme en pie. Ya no estaba se­gura de avanzar en línea recta. Había perdido el sentido de la orientación.

Me puse a rezar. Una y otra vez le pedí a Dios que me ayudara. Le pedí que me perdonara la vida. Una y otra vez repetí: «No quiero morir, no quiero morir», como si por el solo hecho de no quererlo pudiera salvarme. Lo cual era cierto, por supuesto.

Había dicho en silencio mis oraciones; sólo una vez ha­bía gritado: «Oh, Dios!» Y aun así, empezaba a quedarme sin aliento.

De pronto, el viento me trajo un nuevo sonido muy apagado: el sonido de mi nombre: «Esther… Esther.. .

parecía decir. Creí que me estaba volviendo loca. Si la gente podía llegar a enloquecer en el desierto, desde luego tam­bién podía hacerlo en medio de semejante tormenta…

—Esther… Esther…

Y luego oí algo más. No entendí las palabras.

Enloquecida o no, me dirigí hacia aquel sonido que se repetía sin cesar. Si daba un paso que me alejara de él, lo de­sandaba y corregía el rumbo.

—Esther… Esther…

Y luego:

—Sh’mah Israel…

Con las últimas fuerzas que me quedaban, me obligué a seguir en aquella dirección.

En medio del negro remolino, divisé una figura.

—Sh’mah Israel…

Oye, oh Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor es Uno.

Me desplomé en los brazos de mi madre.

No había ninguna duda. Me había salvado la vida. En medio del camino, a unos cuantos metros de nues­tra choza, arriesgando su vida y sabiendo que yo estaba allí fuera, se había convertido en un haz de luz y me había enca­minado a casa con la misma seguridad con que un poderoso reflector orienta a un avión extraviado.

Sh’mah Israel…

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8 Responses to “La estepa infinita. Mis años en Siberia. Esther Hautzig”


  1. 1 lety tenorio 5 julio 2010 en 6:13 pm

    Este libro esta muy bueno, yo lo estoy leyendo

  2. 2 Monica Mita 23 mayo 2011 en 3:36 pm

    Lo leí cuando fue publicado en Selecciones, hace muchos años atrás, ahora compraré el Libro. Esta historia quedó grabada en mi mente durante muchos años, alentándome en los momentos difíciles. Me quedaron unas ganas inmensas de probar las semillas de girasol tostadas.
    La historia en muy bella y enseña el poder del ser humano para enfrentar la adversidad, aún en una edad muy temprana.

  3. 3 roselux 29 julio 2011 en 6:23 am

    No puedo olvidar el impacto que dejó en mi leer este libro en Selecciones cuando era niña, aun ahora cuando veo un plato de sopa de sémola con trocitos de carne me viene a la memoria la historia de la pequeña Esther.

  4. 4 Angie 19 agosto 2013 en 12:21 pm

    Yo lo conocia como Mi infancia en Siberia de Selecciones, yo tabien me quede con muchas ganas de esas semillas de girasol que un dia tuve la oportunidad de saboirearlas y recordarme de aquel relato. Muchos episodios son narrados de manera muy amena desde el punto de vista infantil. Siempre desee lerr el libro completo, lo buscare por internet ahora mismo!

  5. 5 reyna alvarado 27 diciembre 2013 en 2:55 am

    hace poco tuve la oportunidad de leerlo en selecciones uno de toda la coleccion que mi tio me dejo al morir y me dejo una gran lección ya que me compenetre tanto en su personaje que les he leido a mis tres hijas adolescentes esta gran enseñanza de fuerza y coraje

  6. 6 hector rodriguez yañez 25 febrero 2014 en 9:46 pm

    Me gusto cuando lo leí en selecciones tiempo atras, me acuerdo cuando le hizo un sweeter a una señora dueña de una vaca, y que cuando se lo fue a entregar ya había engordado mas la señora por tanta leche que se tomo de la vaca y tuvo que volver a hacérselo, total la niña renegó con la vaca que por su culpa tuvo que trabajar mas

  7. 7 Judit 18 julio 2014 en 1:59 am

    Me encanto el libro, me hizo reflexionar en la abundancia de nuestra vida cotidiana, el placer de una ducha caliente, la riqueza de un refrigerador lleno. Recomendado para esa gente que se queja de todo sin motivo.


  1. 1 La estepa infinita. Mis años en Siberia. Esther Hautzig | Directorio de blogs Trackback en 21 mayo 2010 en 12:25 pm

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