Don Francisco Ayala, descanse en paz.

Don Francisco Ayala ha fallecido hoy. Descanse en paz. Sólo tengo palabras de agradecimiento para Don Francisco. En 1998 terminé la carerra de Periodismo y, de la mano del profesor Manuel Ángel Vázquez Medel, de la Universidad de Sevilla, tuve la ocasión de conocer a Ayala en octubre de 1999. Fuimos un grupo de estudiantes que iniciábamos el doctorado al Congreso “Francisco Ayala, escritor universal”. Tuvimos la suerte de presentar una ponencia que ahora rescato del baúl de los recuerdos. Se trata de un trabajo sobre el artículismo de Ayala. Se ha ido uno de los grandes, pero nos queda su obra.

REALIDAD Y FICCIÓN EN EL ARTICULISMO DE FRANCISCO AYALA

Juan José Molina Léon.

Granada, 28 de octubre de 1999.

Toda aventura genera en el sujeto que la emprende un ‘cosquilleo’ en su interior, indicio claro de que va a comenzar una tarea maravillosa, por la que merece la pena dedicar horas y esfuerzo. Así me encuentro yo, cada día que me pongo a conversar con Francisco Ayala, y me meto de lleno en sus escritos. Comienza uno a descubrir, como una criatura de pocos años que lo mira todo, la realidad vista desde esta atalaya de sabiduría. Don Francisco me cuenta en cada párrafo, en cada palabra, cómo era el mundo cuando yo no estaba. La gente, “ése y ésa, y ése de más allá”… sentían, pensaban, querían expresar algo con sus vidas… y Don Francisco me dice que decidió pararse, contemplarlos, mirarlos, pensarlos,… y escribirles.

“Francisco Ayala (Granada, España, 1906), como todo gran creador, se inició en el ejercicio de la emulación de los mejores, para llegar a formar parte de ellos por la impregnación de lo más cumplido de la tradición literaria universal, resuelto en una cosmovisión y en un estilo indudablemente irrepetibles. Rara vez podemos encontrar en la Literatura contemporánea una tensión tan equilibrada entre la búsqueda de lo permanente, y la fidelidad al momento histórico desde el que tal indagación adquiere sentido”[1].

“La lectura obliga a desentrañar el contenido de un texto y, con ello, no sólo desarrolla las capacidades analíticas del lector en un sosegado raciocinio, sino que acostumbra al buen uso de las palabras del idioma con mayor soltura, amplitud, rigor y precisión, que lo habitual en la conversación corriente del precario vivir”.[2]

Así me encuentro, intentando desentrañar este tesoro de humanismo y de búsqueda de sentido a un mundo en el que vivimos, cada vez más complejo. Soy plenamente consciente de estar en el principio del camino, con el temor de quien se dirige a personas que llevan años, muchos quizá, paseando y conversando con Don Francisco en su “universo plural”[3]. Por eso, ruego disculpen mi imprecisión, y pasen un poco por alto las inexactitudes propias de este recién nacido.

Quiero agradecer, desde estas líneas, al catedrático Manuel Ángel Vázquez Medel, coordinador del proyecto en el que nos hemos embarcado: su profesionalidad y su espíritu aventurero, señales de una completa idoneidad para ejercer la docencia universitaria, me han llevado a conocer la obra de Ayala. Sin su paciencia, su estímulo y su ayuda constante, estar aquí ante ustedes comunicando estas reflexiones, sería sencillamente una ilusión más, de esas que se desvanecen sin dejar rastro.

Les puedo asegurar, por tanto, que para mí es un privilegio hallarme en los umbrales de la investigación de la obra periodística de Ayala, para iniciar este proyecto de investigación, escuchando a don Francisco, y buscándole sentido al precario vivir.

Esta comunicación se centra, sobre todo, en comentar el artículo La Literatura del periodismo, publicado en el diario El País y que forma parte del libro ‘En qué mundo vivimos’, recopilación de algunas colaboraciones periodísticas de Ayala.

Las relaciones entre periodismo y literatura son múltiples y variadas. No se trata sólo de que, en un caso y otro, el instrumento fundamental – la palabra y sus estrategias discursivas verbales- sea común. En palabras de Vázquez Medel, “en el proceso de desarrollo histórico y de institucionalización de ambas series discursivas se dan muy interesantes coincidencias e influencias mutuas: si resulta innegable la influencia de pautas de escritura y modelos literarios para la construcción de determinados discursos periodísticos, no es de menor importancia la presencia del periodismo en la creación literaria del siglo XX, sin olvidar el hecho de que la figura del escritor y del periodista (sobre todo de opinión) a veces coincide en la misma persona”[4].

Ayala, narrador y periodista de opinión, ha tenido la “suerte o la maña”, como él mismo argumenta, de poner en sus colaboraciones periódicas, la actualidad en contacto con “preocupaciones, sentimientos o pasiones del alma capaces de dotar a su escrito de una calidad tal que lo haga hasta cierto punto inmarcesible”[5]. El ritmo de la actualidad es vertiginoso, y las palabras impresas en los diarios de información, parece que han perdido todo protagonismo. Importa la imagen, el impacto visual, la declaración y el titular llamativo…  Por eso, cuando nos encontramos en el bregar diario con un artículo de Francisco Ayala, como el que vamos a analizar, uno puede respirar hondo, sentirse satisfecho y reposar, pues acaba de encontrar un pequeño oasis en el desierto de los contenidos que, por desgracia, encontramos cada día en los diarios de información general.

Comparto totalmente la opinión de Vazquez Medel, cuando no duda en considerar a Francisco Ayala “como uno de los grandes pilares del espléndido edificio de nuestra literatura del siglo XX. Hasta tal punto que, si la axiología literaria y los procesos de “canonización” de la escritura lo exigieran (y, sin duda lo exigen), no dudaría ni un momento en alinearlo con nuestras figuras mayores: estoy hablando, para que se me entienda con claridad y para que no haya ninguna duda, de autores como Miguel de Unamuno, Ramón María del Valle Inclán, Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez… por sólo citar a algunos ya indiscutibles que, generacionalmente, le precedieron”.[6]

El periodismo de Ayala es poesía, arte, materialización práctica de cómo es perfectamente posible, – y no sólo posible sino necesario -, encontrar argumentos perennes que nos hablen de la necesidad de buscar un sentido a nuestra existencia; un no conformarse con el relativismo total para explicar lo que acontece a nuestro alrededor; un no parar hasta encontrar una solución a la crisis de identidad que padece el ser humano en la posmodernidad. La narrativa de Ayala, afirma Vázquez Medel, “tiene la virtud de aproximarnos a situaciones cuya construcción hace perfectamente verosímiles, pero cuya dimensión imaginaria apunta a una realidad más profunda”.[7]

Por supuesto, no vamos a analizar las denominadas obras de ficción de   Don Francisco -¿ficción o realidad?-, pero sí vamos a intentar desentrañar ese fondo inmenso de realidad que se esconde tras los guiños literarios que encontramos en los artículos. Queremos reivindicar este periodismo que no busca la rentabilidad empresarial por encima de todo, sino que toma la incómoda postura de acercarse al ser humano para mostrarle un camino, una posible salida de la mediocridad.

“Don Francisco Ayala ha sabido transitar, a lo largo de su dilatada existencia territorios terribles y territorios gozosos. Ciudadano de una única Humanidad ha percibido las luces y sombras de la vida en los años infantiles en su Granada natal; en el Madrid republicano; en el Berlín en ebullición de los incipientes años treinta; en Argentina o Puerto Rico en el exilio; en Estados Unidos o de nuevo en España”.[8] En este rrecorrido, en este viaje que suponen sus pasos en la tierra, Ayala ha sabido mirar, escuchar y pensar, para posteriormente escribir esos artículos tan llenos de contenido, que son fiel reflejo de lo que ha mirado, escuchado y pensado. Es pues, sin proclamarlo siquiera, un paradigma del periodismo de hoy: el periodismo transdiscursivo.

Comentaba no hace mucho un profesor de redacción periodística que, “cuando le preguntaban por las cualidades que debería poseer un estudiante de periodismo, un buen periodista o cualquier comunicador, solía responder – con el énfasis excesivo de quien piensa que ha descubierto el Mediterráneo-, algo así: ‘un buen comunicador no es aquél que domina unas técnicas o destrezas más o menos mecánicas, sino quien es capaz de: saber mirar, saber escuchar, saber pensar, saber expresar aquello que ha mirado, escuchado y pensado”[9]

Ayala tiene bien claro que debe acercar “la obra de arte al público lego”[10]. Su escritura adquiere el grado de inmarcesible, precisamente porque con su desarmante sencillez, virtud ésta que siempre va unida a lo que consideramos bello, consigue abrir horizontes culturales a quienes se acercan a sus escritos con deseos de aprender.

“El artículo periodístico nace estrechamente ligado a la ocasión que le da el tema, y queda atado así a la temporalidad histórica”[11], nos recuerda con lucidez Ayala. Parece que, visto desde esta perspectiva, todo intento de dotar al periodismo de una esencia, – que no accidente- poético artística, queda reducido a utopía. Lo escrito en el periódico de ayer carece de perdurabilidad, como la flor que ayer daba color y hoy se ha marchitado; relámpago que está muriendo cuando hemos comenzado a contemplarlo… , así es todo lo que se publica en el diario, a no ser que el periodista, el profesional de la comunicación, “haya tenido la suerte o la maña de poner (…) en contacto la actualidad cotidiana con preocupaciones, sentimientos o pasiones del alma, capaces de dotar a su escrito de la calidad que lo haga hasta cierto punto inmarcesible”[12] .

Ayala reivindica de esta manera un periodismo que apuesta por la búsqueda del sentido. Efectivamente, desde el momento mismo de sus inicios, como hemos visto, la escritura de Francisco Ayala (la de creación, pero igualmente la ensayística) se ha caracterizado por ser una incesante búsqueda del sentido: del sentido íntimo de cada acontecimiento cotidiano; del sentido que el destino personal y colectivo ofrece a cada ser concreto; del sentido de las reglas que caracterizan la interacción social… del sentido del vivir mismo, en última instancia. Dar Razón del mundo, sería concisa fórmula para expresar lo que más amplia y minuciosamente nos declara en su obra de dicho título, al precisar el cometido de los intelectuales en tiempos de crisis: “Todo lo que pueden hacer es aferrarse al rigor de su vocación, abandonando cualquier perspectiva práctica; esforzarse sin descanso por hallar, en medio de la crisis y a favor de su coyuntura, el sentido de la realidad histórica en que se encuentran implicados y, desde el centro de esa realidad, pensar los temas eternos con sinceridad implacable; mantener viva, en incansable clamor, la demanda por el destino esencial del hombre” (1962: 126) Sólo así, nos dice Ayala, es posible “prepararse mediante un disciplinado ascetismo mental a recibir el mensaje de los valores absolutos capaces de salvar la cultura, en el instante preciso en que el giro de la Historia les permita entreverlos”.

Porque, queramos verlo o no, vivimos inmersos en una crisis de identidad de inimaginables repercusiones. Nos lo afirma el mismo Ayala en su artículo ‘Orto y ocaso de la modernidad’: “El hombre contemporáneo tiene al mundo en sus manos, pero no sabe a qué aplicar la fabulosa tecnología que ha desarrollado, no sabe en qué emplearla, no sabe qué hacer de su vida. Así, caído en la desorientación y en un general desconcierto, el mundo se debate entre los continuos brotes de una violencia ubicua (tanto más devastadora cuanto que los medios ofrecidos por esta alta tecnología para ejecutarla están hoy al alcance de cualquiera), violencia apenas recubierta a veces bajo tenues y residuales pretextos ideológicos, pero desprovista con la mayor frecuencia de una mínima pretensión justificadora, y, alternativamente, la caída en el marasmo de la indolencia o el suicidio de la droga. ¡Quién sería capaz de predecir si esta situación conducirá hacia la definitiva catátrofe, o si por el contrario, encontrará la humanidad el medio para superarla hacia una etapa más feliz!”[13]. No se trata, lo sabemos bien al conversar con Don Francisco, de un catastrofismo inútil, que prefiere el llanto y la queja al trabajo intelectual que busca soluciones. Ayala se ha referido muy tempranamente, y lo ha reiterado a lo largo de toda su actividad intelectual, a una búsqueda de la realidad esencial, por encima de las diversas contingencias que constituyen el existir mismo: “Lo propio del hombre de letras es escrutar con toda libertad el mundo, preguntarse por los últimos misterios, tratar de descubrir el sentido de la vida humana, el sentido de todo lo existente y ofrecer sus intuiciones plasmadas en obra a la consideración de sus semejantes con objeto de despertar en ellos intuiciones o percepciones análogas” (1958: 61).

Es esa búsqueda -en la medida en que se traduce en hallazgos o atisbos- la que dota de permanencia la actividad creativa, y sin resultar incompatible (todo lo contrario) con la atención a los acontecimientos que se desarrollan en torno, traza dos vertientes en su producción escrita: “por un lado, la del comentario encaminado a interpretar el curso de la historia donde me encuentro sumergido, y por otro, la plasmación artística de mis intuiciones acerca de lo que pueda ser la realidad esencial”.

Interpretación. Esta es la palabra, si me permiten la expresión, “mágica” , en estos momentos. El periodismo actual adolece de la interpretación serena de los acontecimientos. Necesitamos encontrar en las páginas de los periódicos de información general, interpretaciones contextualizadas de lo que acontece a diario. Corremos el peligro de vivir en un mundo “des-informado”, conviviendo con datos, noticias “objetivas”, con la apariencia de saber lo que queremos, en una aparente realidad que no es, y, esto sería lo verdaderamente triste, creyéndonos que vivimos en una sociedad libre, tolerante y progresista, cuando estos términos ya no sabemos ni lo que significan, a pesar de que aparecen todos los días en los medios de comunicación.

Los pensadores actuales no saben a qué atenerse: el proyecto moderno nos presentaba una sociedad fundamentada en una paz perpetua, con unos ambiciosos planes de ilustración general, e igualdad económica. La historia, “maestra de la vida”, como afirmó Heródoto, nos ha demostrado el fracaso de la Modernidad. Habermas considera que “la culpa” de este fracaso, que no cataloga como tal, sino “tarea inacabada”[14], viene como consecuencia de la reacción y del conservadurismo. Otros, en cambio, piensan que el racionalismo a ultranza está agotado y propugnan el decidido tránsito hacia otra época: la “posmodernidad”. Para Lyotard, el hombre mismo, entendido como un yo trascendental, es una figura histórica reciente, y que, en rigor, ya ha desaparecido o, como dirían Foucault y Althusser, “ha muerto”[15]. El hombre posmoderno se considera un mero sí mismo, capaz de sensaciones y emociones, “situado – escribe Lyotard- en puntos por los que pasan mensajes de naturaleza diversa”[16]. El saber, es para el hombre posmoderno, la producción de lo desconocido. El yo moderno se disuelve, se dispersa, se enreda en las infinitas posibilidades combinatorias de los juegos informáticos. Derrida afirma que “para nosotros, el asunto del pensar es, en términos provisionales, la diferencia en tanto que diferencia”[17]. Y la realidad misma, como diría el filósofo español Llano, “ya no es esa vieja y pausada señora cuya amistad decían procurar los metafísicos. No hay más realidad que la secuencia vertiginosa de las representaciones televisivas o transmitidas por Internet. Estamos en “la sociedad como espectáculo”, en la que al fin parece cumplirse el ideal sofístico de la identidad del ser y el aparecer[18].

En este sentido, el único pensamiento libre, para Vattimo, es el pensamiento débil: lo importante es lo divertido, lo diverso, lo que no se cataloga como cerrado o sellado.

Sugerentes son también las reflexiones de José Antonio Marina en este sentido. Refiriéndose a los distintos conceptos de inteligencia que encontramos a lo largo de la historia de la Filosofía, afirma que “una sociedad define la inteligencia eligiendo entre sus creaciones la que considera más importante. Para la escolástica medieval, la gran manifestación de la inteligencia era la sabiduría que llevaba a Dios; la modernidad pensó que la ciencia era la gran obra intelectual, e identificó la inteligencia con la razón; la posmodernidad nos ha dado una visión esteticista del ser humano, y ha considerado que la invención era la propiedad fundamental de la inteligencia. Me gustaría pensar que entramos en la época “ultramoderna”, caracterizada por una concepción ética de la inteligencia. La inteligencia no es un conjunto de operaciones mentales sino, también, el uso que se hace de ellas, la mayor o menos eficacia con que conocemos la situación, diseñamos planes, los evaluamos y los llevamos a la práctica. Aceptar esta idea de inteligencia nos libraría de los excesos de la modernidad”[19].

Así pues, vemos que no existe una única opinión acerca de la realidad. Ahora bien, tan distintas concepciones filosóficas no nos pueden llevar a claudicar en el intento de buscar un sentido a nuestra existencia, y presentar nuestros hallazgos, verdaderos tesoros, a la sociedad, en esta Torre de Babel existencial. Estos hallazgos, sin duda alguna, podrán contribuir al desarrollo del ser humano. Encontramos pues, el núcleo de la obra periodística ayaliana, que tan poderosamente nos ha llamado la atención, por esa búsqueda incesante del sentido, de la salida del laberinto posmoderno, ultramoderno o como nos plazca denominarlo.

Pero, volvamos si les parece al artículo que estamos analizando. Ayala ha querido exponer una idea de peso, fundamental para conceptualizar lo que debería ser el periodismo actual, comenzando con un guiño de humor, con una mirada cinematográfica. Consigue Ayala plasmar en pocas líneas una imagen sugestiva: dos profesionales de la comunicación, conversan, hablan, se preguntan por sus cosas. Compensa que nos detengamos un momento en este primer párrafo del artículo:

“Entre quienes, más o menos profesional o habitualmente, damos a conocer en público nuestros escritos, la general y corriente convención de saludarse con una pregunta acerca del respectivo estado de salud suele ir seguida de otra también convencional acerca de la actividad literaria en que de momento se encuentra cada cual empeñado. A ésta, mi respuesta en los días que corren viene a ser algo así como: “Pues… ya lo ves, colega: escribiendo algún que otro artículo periodístico”.

El cine, argumenta Rosa Navarro Durán, está presente en las obras de Ayala mucho más que en un pasaje concreto o en un argumento. Ayala decía en 1929: “El cine, como un aire yodado, ha penetrado mi piel con su influencia difusa”. Su técnica narrativa está impregnada de la cinematográfica. Intenta a menudo captar el instante y pasa con suma rapidez a otro plano.

Y se trata de un artículo periodístico, de unas breves líneas que sirven para realizar una “faena”, si se me permite el símil taurino, redonda, perfecta. “La obra discursiva de Ayala, argumenta Vázquez Medel, tiene mucho de narrativo y, si prescindimos del carácter ficcional de la obra más creativa, nos encontramos ante una pareja calidad de lenguaje y ante un movimiento de ideas y de argumentos que se representan con la misma viveza que los personajes en su acción”[20].

Con la misma rapidez con que nos ha situado a los lectores en el asunto a tratar, empleando como hemos dicho esta técnica cinematográfica, invita a los mismos a reflexionar sobre el fondo de la cuestión: no se trata de discutir sobre si catalogar o no las colaboraciones periodísticas dentro de los géneros literarios: se trata de “la relación entre cualquier obra artística, que por su índole esencial aspira (aunque en vano) a eterna perduración, y las efímeras circunstancias temporales dentro de las que por ineludible necesidad se produce”[21] dicha obra.

Ayala es absolutamente consciente que el hombre de letras en la sociedad burguesa no es un productor más que vende el producto de su trabajo, sino, como argumenta Vazquez Medel, “un vate investido de fuerza sagrada que oficia en el templo de la Verdad. La pregunta radical por la esencia de la interacción literaria queda establecida inequívocamente desde una dimensión comunicacional: “¿por qué mecanismos -se pregunta- se lleva a cabo ese proceso de interpretación orientadora? ¿Cómo se efectúa la comunicación, que hemos calificado de activa y dinámica, entre el escritor y su público? O, dicho de otro modo, ¿cuáles son las vías técnicas que la sociedad burguesa presta a esa comunicación?”[22].

Ayala asume su vocación intelectual, cuya misión de servicio a la sociedad le lleva a utilizar los medios de comunicación para relacionarse con el público. Pero, esta interacción con el público no se da en masa: la relación entre escritor y lector, que describe como individual, recíproca y potencialmente profunda, refinada y compleja desde el punto de vista intelectual “promueve una integración socio-cultural dinámica dentro de la línea de la democracia liberal que constituye el trasfondo ideológico de la clase burguesa”[23]. Por el contrario, las nuevas relaciones comunicativas que se establecen en el marco de los medios de comunicación de masas y, por tanto, de la cultura de masas, promueven subproductos culturales no insertos plenamente, o insertos por degradación en la serie de valores culturales burgueses. Ante esta situación Ayala nos plantea que “la dificultad radica en lograr que aquellos individuos especialmente cualificados por su personal vocación y aptitudes para buscarle un sentido a la existencia humana dentro de la realidad social presente, es decir, los hombres capaces de producir obras de arte o de pensamiento significativas, hallen acceso directo a la organización de los medios audiovisuales y -lo que es más- sientan el estímulo para cooperar en ella”.

Ayala nos propone buscar el sentido a esta parcela de la realidad, a esta manifestación humana. No nos deja “tranquilos”, que continuemos con la lectura y, enseguida, nos hace una serie de preguntas que consiguen implicar al lector en la lectura, y en la búsqueda de una solución al problema que se nos plantea en este artículo que estamos comentando:

“¿A qué aspira quien escribe artículos para las volanderas hojas de la prensa diaria? El autor de un poema heroico o de una novela pretende dotar a su esfuerzo creativo de virtud perenne; pero, quien escribe un artículo, ¿a qué aspira?”[24]

Es la magia de la pluma de Don Francisco Ayala. “Lo transitorio y efímero – afirma en el mismo artículo-  ha sido ahí detenido en su fugacidad por obra y gracia del arte, que fija el momento en un sueño de eterna perduración”. El arte, el ansia humana de belleza, también puede colarse en los artículos de un periódico. Y no sólo en los artículos: también una noticia de sucesos puede ser bella; también la crónica de un partido de fútbol puede y debe ser buena literatura. No por el mero hecho de ser un género periodístico, sino gracias al esfuerzo, al empeño del comunicador de dotar a sus escritos de una calidad inmarcesible. Y esta calidad surge, nos lo recuerda una vez más Ayala, “de poner en contacto la actualidad cotidiana con preocupaciones, sentimientos o pasiones del alma”, que sean capaces de hablarnos de lo verdaderamente humano, por intrascendente que parezca el asunto que tratamos. Es una nueva perspectiva de la comunicación periodística: no sólo que cumpla los requisitos de veracidad y honestidad, sino que en su conjunto consiga ser una pequeña obra de arte, aunque sea completamente olvidada al día siguiente. ¿Qué hay que utilizar elementos de ficción para conseguir este efecto? Pues, permítanme esta llaneza, se utilizan. Los manuales de redacción periodística nos hablan de reglas encorsetadas, que nos permitirán redactar con “objetividad”.

Objetividad: manida palabra que carece de significado, y que no sirve más que para encubrir a veces verdaderos crímenes contra la fama, contra la justicia y contra la realidad más pura.

El periodismo que impulsa Ayala es transdiscursivo, “relatividad ontológica -argumenta Vazquez Medel- que tan pronto como queda construida desde un foco se transforma en narratividad: contamos y nos contamos en un fluir que nos construye y nos constituye”[25].

Escribir periodismo no puede entenderse tan solo desde el punto de vista semántico. Hay un plus de significación que toca a cada periodista descubrir. Para lo que podemos definir como periodismo convencional, la noción de texto es estática. El periodismo transdiscursivo exige una noción dinámica del texto, ya que corremos hacia una realidad, y vemos con nuestros ojos lo que acontece. Cada discurso discurre por cada mente en función de las conexiones mentales de cada sujeto.

Esta convicción encuentra un respaldo teórico en los debates epistemológicos contemporáneos sobre la relación entre Forma y Fondo, Continente y Contenido, Significante y Significado, Texto y Discurso.

En el Periodismo transdiscursivo encontramos un binomio inseparable entre la función referencial y la poética, ya que coexisten en el texto elementos paratextuales que nos quieren decir algo, relaciones sintagmáticas y paradigmáticas de elementos copresentes y de elementos ausentes. Un periodismo dionisiaco, romántico, que rompe de una vez con la apariencia de neutralidad, de objetividad: lo presuntamente apolíneo. Como afirmaba Juan Gelman, “lo subjetivo abarca la historia de la amistad, la música, la pintura, todo lo que pasa por uno y aquello por donde uno pasa”[26]. Todo, en definitiva, podríamos afirmar que es subjetivo. “En una vivencia que es común a mucha gente lo que hace la imaginación del periodista es interrogar esa vivencia sin encontrar nunca una única respuesta, porque la vivencia de la realidad es una cosa muy enigmática”.

La realidad es un conjunto compuesto por millones de rostros y de la que, a lo mejor, escribiendo, uno puede pescar uno, dos, diez, quince,… quién sabe; pero sigue habiendo centenares, miles, millones de rostros que están ahí para nunca ser descubiertos.

No podemos conformarnos, los profesionales de la comunicación, con el periodismo que podríamos denominar “objetivista”. En palabras de Gabriel Galdón, Catedrático de Documentación Periodística de la Facultad de Comunicación de la Universidad Antonio de Nebrija, “Hay una ideología aveces inconsciente, fruto de la trivialidad, de malos hábitos, o de la simple y tan humana pereza para documentarse, que está en el fondo de lo que podríamos denominar periodismo objetivista. El objetivismo es una manía periodística. El periodista que se rige por el objetivismo tiene un lema: “los hechos son sagrados, las opiniones libres”. Es un modelo muy arraigado, considerado el ideal para dar la información sin adornos ni aditivos, a fin de que el público pueda juzgar libremente a partir de los datos puros. El periodismo objetivista es palestra de los poderosos, de los grupos influyentes, de los políticos. Y esto gracias al periodismo de citas, al reino de las comillas y de las declaraciones. Vetado por el objetivismo para hacer juicios personales, el periodista cree que puede decir cualquier cosa, con tal de que pueda atribuirlo a una fuente. Esto, consagrado como garantía de imparcialidad, funciona en realidad como máscara de la tergiversación. Primero el reino de las comillas lleva a la proliferación de citas. Se pide una declaración a un político, a continuación se extrae una réplica a otro del partido rival; la contrarréplica no tardará en llegar”[27]. El objetivismo es el reino de la ignorancia, del dato sin significado, de la velocidad conceptual y existencial que impide la reflexión y la toma de decisiones libres. Con este tipo de periodismo, el público vive en un universo de “libertad y progreso” ficticio, que necesita ser desbancado por la reflexión, por el periodismo que defiende Ayala con sus escritos: el periodismo de la interpretación.

Vemos, pues, como afirma Vazquez Medel, “que la relación entre obra narrativa y ensayística en Ayala no es accidental, sino esencial; no es algo circunstancial, sino constante e inherente a su escritura”[28].

Ayala hace referencia a esta relación esencial en el artículo que estamos estudiando, cuando argumenta las posibles razones de la perdurabilidad de los artículos periodísticos:

“Cuando este producto de lo transitorio ha surgido de la pluma de un escritor cuya obra de creación poética alcanza trascendencia mayor puede salvarse del olvido por referencia a ella, en cuanto sirva para aclarar algunos de sus significados, o para iluminar algún detalle de su elaboración, o – en otro aspecto- para perfilar desde ángulos diferentes la personalidad misma del autor”[29].

Irizarry encuentra también la unidad básica de la obra de Ayala, “cuya ambigüedad e imposibilidad de encasillamento lleva nuestro autor con orgullo (ciertamente pagando el precio exigido por ello en una sociedad que se encuentra cómoda ante los estereotipos), en la motivación de su obra, en su “tema único” que “viene de la sensación de desamparo en un mundo caótico de estrago moral y crisis a partir de la primera guerra mundial, que ha traído un desmoronamiento del equipo de valores por los cuales el mundo occidental se había guiado anteriormente. Esta crisis ha creado un serio desajuste entre la conducta y las ideas, y una angustiosa seguridad acerca de las normas”[30].

Comienzo a descubrir, en los umbrales de esta investigación del universo plural de don Francisco, la heroicidad de su persona. Desde estas líneas querría agradecer sinceramente su labor callada, su vida, los motivos que le han impulsado siempre a mirar a los demás, a pensar en los demás y a escribir para los demás. Y me explicaré, para finalizar, y con el deseo de que esta cita constituya un sincero “gracias”,  con unas palabras de Rosa Montero, en un artículo publicado en El Semanal y titulado La heroicidad callada:

“Una heroína o un héroe es aquella persona que vive o actúa por encima de sus limitaciones, de sus debilidades y de sus circunstancias. De manera que un comportamiento heroico es aquél que nos hace más grandes y mejores de lo que realmente somos. Pues bien, ahora empiezo a pensar que la heroicidad no es una excepción en la conducta humana, sino que es una tendencia común y natural, un impulso básico del ser, como pueda serlo nuestro talante social o el sentido innato de la belleza. Todos debemos llevar en nuestro interior un potencial heroico, una intuición precisa de lo mejor que somos. (…) Lo digo con orgullo: probablemente no haya mayor plenitud ni heroicidad que vivir con conciencia y dignidad tu vida entera”[31].

Granada, 28 de octubre de 1999


[1] VAZQUEZ MEDEL, M.A. (1995): Narración y ensayo en Francisco Ayala. En http://www.cica.es/aliens/gittcus

 

[2] AYALA, F. (1996): En qué mundo vivimos, Madrid, El País-Aguilar.

[3] VAZQUEZ MEDEL M.A. (ed) (1995): El universo plural de Francisco Ayala, Sevilla, Alfar.

[4] VAZQUEZ MEDEL M.A. (1998): Programa de Periodismo y Literatura. Curso 99/00. Facultad de Ciencias de la Información. Universidad de Sevilla

[5] AYALA, F. (1996): La literatura del periodismo, en  ‘En qué mundo vivimos’, El País-Aguilar.

[6]VAZQUEZ MEDEL, M.A. (1995): Narración y ensayo en Francisco Ayala. En http://www.cica.es/aliens/gittcus

[7]VAZQUEZ MEDEL M.A. (1995): op.cít

[8] VAZQUEZ MEDEL M.A. (1995): op.cít

[9] SÁNCHEZ, J.F. (1996): La escritura como modo de vida. Conferencia inaugural del curso en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Vigo.

[10] AYALA, F. (1958): El escritor en la sociedad de masas, Buenos Aires, Sur.

[11] AYALA, F. (1996): La literatura del periodismo, en  ‘En qué mundo vivimos’, El País-Aguilar.

[12] AYALA, F. (1996): op.cít.

[13] AYALA, F. (1987): Orto y ocaso de la modernidad. Publicado en El País, el 1 de abril de 1987. Publicado también en ‘En qué mundo vivimos’, El País-Aguilar.

[14] Cfr. INNERARITY, D. (1985): Praxis e intersubjetividad. La teoría crítica de Jürgen Habermas, Pamplona. Eunsa.

[15] FOUCAULT, M. (1978): Microfísica del poder, Madrid, La Piqueta, p,19.

[16] LYOTARD, F. (1986): La condición posmoderna. Madrid, Cátedra

[17] DERRIDA, J.: Identidad y diferencia, en Teoría de Conjunto, Barcelona, Barral.

[18] LLANO, A. (1998): La libertad posmoderna. Artículo publicado en la revista Nuestro Tiempo, Diciembre .1998

[19] MARINA, J.A. (1997): La inteligencia en mil palabras. Artículo publicado en Nueva Revista nº 54. Nov.-Dic. 1997.

[20] VÁZQUEZ MEDEL, M.A.: op.cít.

[21] AYALA, F. (1996): La literatura del periodismo, en  ‘En qué mundo vivimos’, El País-Aguilar.

[22] AYALA, F. (1990): El escritor en su siglo, Madrid, Alianza.

[23] AYALA, F. (1990): ídem.

[24] AYALA, F. (1996): op.cít.

[25] VAZQUEZ MEDEL, M.A. (1995): Francisco Ayala: teoría literaria vs. teoría de la comunicación, en http://www.cica.es/aliens/gittcus/TLvsTC.html

[26] Cfr. Entrevista a Juan Gelman, en ABC Cultural. Madrid, 24 de diciembre de 1998.

[27] GALDÓN, G.(1996): Desinformación. Método, aspectos y soluciones. Pamplona. Eunsa.

[28] VAZQUEZ MEDEL: (1995) op. cít.

[29] AYALA, F. (1996): op.cít.

[30] IRIZARRY, E. (1971): Teoría y creación literaria en Francisco Ayala, Madrid, Gredos.

[31] MONTERO, R.: (1999) La heroicidad callada, artículo publicado en el suplemento dominical El Semanal, 14 de marzo de 1999.

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