El Papa y los sofistas con escaño

Artículo de Carlos Herrera, publicado en el diario ABC, el 25/09/2009

AFORTUNADAMENTE, una poco habitual ráfaga de sensatez ha recorrido el Congreso y sus señorías han desechado la absurda propuesta del diputado Herrera, perteneciente a la multitudinaria representación comunista en el Parlamento, acerca de la reprobación de Benedicto XVI a cuenta de unas tergiversadas palabras suyas sobre el sida y los preservativos.

Viajaba el Papa por Camerún y habló, como seguramente saben, del uso de profilácticos: no acabo de decidirme acerca de la oportunidad de aquellas palabras, pero sí he hecho un mínimo esfuerzo intelectual para comprender su sentido. Benedicto XVI habló de humanizar la sexualidad, que es, como tantos otros de sus empeños, desproveerla del pérfido relativismo con el que contempla la actividad humana de nuestros días; habló de educar en responsabilidad en el uso del sexo y aseguró, por tanto, que sembrar África de preservativos es una solución mecánica y temporal que no ataca la raíz del problema. De ahí a decir las barbaridades que le achacan quienes prefieren hacer una lectura simplista de sus palabras media todo un continente.

Efectivamente, aquellos que se turnan en las guardias para disparar desde el rencor más profesional sobre la Iglesia Católica tardaron un minuto en vaciar el cargador: El Papa, cómplice del Sida. Pretender que Benedicto XVI es un efecto propagador del VIH en África es un sulfuroso pensamiento de quien tiene las neuronas impregnadas de azufre: el Vaticano ha recordado hasta la saciedad que el Papa no recomendó ejercer la sexualidad sin preservativo, sin más, sino que instó a practicar la sexualidad desde la fidelidad, en el seno de la familia y desde la responsabilidad, mensaje bastante coherente con el representante de Dios en la Tierra. Lo noticiable hubiera sido que les dijera a todos: ¡¡id y fornicad por todos los caminos de África, hijos míos!! ¿Que el Papa pudo haber matizado más finamente la frase, aunque sólo fuera para no dar munición a los lectores de plano único? Es posible. ¿Que quiso decir lo que le gustaría a los Herrera y compañía que hubiera dicho? Evidentemente no.

Al cabo de los meses ese asunto se ha sustanciado en el Parlamento español, siempre en vanguardia, y se ha resuelto no admitir la proposición del sandio antes mentado mediante la cual se procediera a reprobar al Santo Padre por sus palabras camerunesas . Pretendía este muchacho de brillantes ocurrencias -es el mismo que propuso desplazar la prostitución callejera a determinadas calles en las que los vecinos consintieran dicha práctica, ignoro si mediante votación en asamblea o aprobación postal: «¿además de pintar el ascensor está de acuerdo en que las putas del barrio se instalen en el portal?»- nada menos que el Gobierno español ordenase a Paco Vázquez, embajador entre casullas, que portara una protesta formal a las puertas de San Pedro. Pobre Paco, el soponcio que le iba a dar.

Los grupos mayoritarios, como es sabido, han despachado la estupidez en un rápido trámite y se supone que se han dedicado a cosas más importantes para los españoles. Contrariedad en estos batalladores comecuras: la izquierda justiciera no puede ajustar cuentas con el máximo representante de una Iglesia por la que sienten un odio extraño.

A pesar de su plataforma de visibilidad privilegiada, Herrera y otros tantos prefieren ignorar una realidad que tiene la auténtica importancia en la lucha contra el Sida: los que están a pie de cama, luchando por la vida de los enfermos, brindándoles consuelo material y espiritual, intentando mejorar las condiciones en las que se desarrolla su existencia, es una legión de religiosos, curas y monjas, frailes o seglares que sin recibir nada a cambio dan hasta su último respiro por esos hombres y mujeres renunciando a cualquier vida contemplativa en escaño alguno. De esa Iglesia Católica jamás se acuerdan los contritos. Del Papa sí. Del Papa se pueden hacer hasta jueguecitos sofistas. Y ya lo siento, pero eso no se le va a curar a Herrera, me temo, ni aunque lea a Platón.

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