Educar en la sobriedad

Artículo escrito por Jutta Burggraf y publicado en www.almudi.org

Nuestra sociedad no es “mala”. Tiene aspectos positivos y negativos como todas las demás. Es la sociedad que nos ha tocado vivir, y podemos sentirnos muy felices de vivir en ella. Disfrutamos del internet, y tenemos contacto con personas estupendas en todo el mundo.

Algunos pretenden distanciarse de la técnica y de los demás logros tan apasionantes de nuestro tiempo. Otros rechazan abiertamente nuestra civilización; desarrollan un cierto cinismo y difunden un pesimismo cultural.

Estas actitudes son preocupantes: engendran, con frecuencia, un clima asfixiante que apaga cualquier iniciativa y apenas deja respirar y pensar por libre. Bloquean las aspiraciones nobles de los que se sienten pioneros de un nuevo milenio.

Y lo que es más importante: no parece que se inspiren en la Buena Nueva de Jesucristo. No dan lugar a un amor auténtico hacia todo lo humano, ni a la alegría profunda de quien se sabe hijo de un Padre omnipotente y misericordioso.

No se trata de despreciar los bienes de esta tierra. Se trata más bien de utilizarlos rectamente, con verdadero señorío y libertad, y de ponerlos al servicio de la persona humana, y de Dios. Se trata, en definitiva, de vivir según la dignidad de nuestra naturaleza en la sociedad que nos rodea.

 

Educar en la sobriedad en nuestra sociedad consumista

viernes, 28 de diciembre de 2007
Jutta Burggraf


Profesora de Teología Dogmática. Facultad de Teología. Universidad de Navarra

Sumario

1. El background cultural: 1.1. El antiguo movimiento “hippy”; 1.2. La “espiritualidad secularizada”.- 2. Campos de influencia: 2.1. La televisión; 2.2. La propaganda; 2.3.El grupo de los compañeros.- 3. Tareas del educador: 3.1. Empezar por el propio educador; 3.2. Robustecer la autoestima; 3.3. Orientar hacia grandes ideales; 3.4. Fomentar la solidaridad; 3.5. Educar testigos del amor de Dios.

Hace poco, un niño –llamado Björn– celebró su decimosegundo cumpleaños. Para esta ocasión, los padres habían organizado una fiesta: habían invitado a los abuelos, a varios tíos y muchos amigos. Después de las felicitaciones, Björn se encontró rodeado de un montón de paquetes, de todos los tamaños y colores. Sin decir ni una palabra, empezó a deshacer el primero, miró el regalo y lo puso a un lado. Después deshizo el segundo, miró el regalo y lo puso al lado del primero. Así seguía deshaciendo los paquetes en silencio, mientras que los visitantes, cada vez más tensos, formaron un círculo alrededor de él. Björn miró los regalos y los puso a su lado. Por fin le preguntó uno de sus tíos: “¿No te gusta ninguno de nuestros regalos?” Y la respuesta tajante fue: “Si no digo nada, todo está bien.”

Así es la sociedad de consumo. Estamos acostumbrados a tener muchas cosas, y a recibir cada vez más. Esto trae consigo algunos peligros y retos. Pero antes de hablar de ellos, quiero subrayar una cosa. Nuestra sociedad no es “mala”. Tiene aspectos positivos y negativos como todas las demás. Es la sociedad que nos ha tocado vivir, y podemos sentirnos muy felices de vivir en ella. Disfrutamos del internet, y tenemos contacto con personas estupendas en todo el mundo. Algunos pretenden distanciarse de la técnica y de los demás logros tan apasionantes de nuestro tiempo. Otros rechazan abiertamente nuestra civilización; desarrollan un cierto cinismo y difunden un pesimismo cultural. Estas actitudes son preocupantes: engendran, con frecuencia, un clima asfixiante que apaga cualquier iniciativa y apenas deja respirar y pensar por libre. Bloquean las aspiraciones nobles de los que se sienten pioneros de un nuevo milenio. Y lo que es más importante: no parece que se inspiren en la Buena Nueva de Jesucristo. No dan lugar a un amor auténtico hacia todo lo humano, ni a la alegría profunda de quien se sabe hijo de un Padre omnipotente y misericordioso. No se trata de despreciar los bienes de esta tierra. Se trata más bien de utilizarlos rectamente, con verdadero señorío y libertad, y de ponerlos al servicio de la persona humana, y de Dios. Se trata, en definitiva, de vivir según la dignidad de nuestra naturaleza en la sociedad que nos rodea.

Pero, ¿cómo es esa sociedad? ¿Se comprenden los planteamientos cristianos hoy en día? Los educadores, ¿pueden percibir alguna inquietud religiosa en los jóvenes? ¿Pueden, al menos, contar con una cierta sensibilidad para las cuestiones que atañen a la trascendencia?

1. El background cultural

En nuestra cultura actual, muchos viven un cierto ateísmo práctico, pero pocos hablan de la “muerte de Dios”. Los grandes teóricos de la secularización (y de la construcción de un mundo sin Dios) abandonaron ya en los años setenta sus antiguas posiciones, en nombre de las cuales tantos cristianos sintieron el deber de cambiar su vida notablemente. Uno de esos antiguos maestros llegó incluso a afirmar que “el cambio de estructuras, sin que el hombre se cambie a sí mismo, es una gran ilusión.”

1.1. El antiguo movimiento “hippy”.- Parece que hay una relación entre el abandono del movimiento de la “muerte de Dios” y la aparición del fenómeno “hippy”, típico de aquellos años. Algunos calificaban a los “hippies” como neomísticos. Su mensaje a la gente de Occidente no era cristiano. Pero, ¿se puede negar que se inspiraba en algunos valores del Evangelio? Rezaba más o menos así: “¡No os dejéis engañar! Las nuevas sociedades consumistas no os traen la libertad tan deseada. Engendran más bien un nuevo tipo de esclavitud, porque os seducen a ataros a un sinfín de cosas superficiales y superfluas…” Los mismos “hippies” cargaron con las consecuencias. Se negaban a acumular riquezas; estaban despreocupados de la construcción de este mundo, deseosos de no insertarse en el sistema, temerosos de que un cambio de estructuras sólo sirviera para llegar a un bienestar material aún mayor. Optaron por una vida alternativa, marcada por el “desprendimiento” optimista, la fiesta y la contemplación. El fenómeno en su traducción religiosa e incluso cristiana, como puede ser el movimiento “Jesus-People”, no se interesó por Jesús porque él fuera a resolver los problemas socio-políticos (de los que el “hippy” se marginó voluntariamente), sino porque trae la paz al corazón. Es decir, consciente o inconscientemente se buscaba algo que pertenece a la experiencia religiosa.

Los movimientos “hippy” y “Jesus People” han reintroducido en nuestras sociedades algo muy interesante, que representa además un elemento antisecularizante: es, por un lado, el rechazo de una vida consumista, cómoda y aburguesada y, por el otro, la celebración de las fiestas, la importancia de los ritos. Son estas, sin duda, prácticas importantes que rompen la monotonía de lo profano. Pero ni los “hippies” ni los “Jesus People” se esforzaron por fundamentar sus prácticas en una teoría. No consiguieron unir sus experiencias religiosas con una doctrina clara. De este modo, no lograron transmitir sus valores a una nueva generación.

Los hijos de los “hippies” ya no rechazan la sociedad consumista, sino que están completamente inmersos en ella. En general no son revoltosos como sus padres. Son “buenos chicos”, les gusta el dinero, y muchos de ellos “no se sienten capaces de forjar un futuro”, según los resultados de un estudio italiano. Cada vez más jóvenes se sienten incluso tan a gusto en la casa de sus padres que, a diferencia de las generaciones anteriores, no tienen ganas de salir de ella, independizarse y crear una familia propia. ¿Por qué terminar pronto los estudios y emprender un trabajo remunerado, si se tiene una vida tan fácil y cómoda en la familia de origen? Parece, a veces, que apenas tienen proyectos y metas personales, apenas aspiran a algo que no tenga que ver con el bienestar material, apenas expresan preguntas, inquietudes y preocupaciones…

1.2. La “espiritualidad secularizada”.- Mirando la cultura que nos rodea, se suele hablar de los “nuevos dioses” que aparecen en las revistas y películas y, por supuesto, en los medios electrónicos. Son actores y actrices, deportistas, cantantes y otras personalidades de la vida pública, de los que se ha hecho un ídolo y, después de la muerte, un mito. Se suele hablar, a la vez, de una “nueva espiritualidad secularizada”. Es la espiritualidad del esoterismo, de la New Age y de las visiones orientales del mundo, el fruto de una religiosidad sincretista y pluralista, en la que se adora la naturaleza y las estrellas, y también la salud, la juventud y la belleza. Algunos la ven en la raíz de cualquier fenómeno de moda. Así se oye, por ejemplo, que hasta en el ejercicio físico y en el afán ecológico se manifiesta la “espiritualidad”. El correr es interpretado como un viaje místico, como un ir “más allá” de sí mismo para poner a prueba las capacidades del cuerpo y sacar experiencias espirituales…

Ciertamente, cada vez más personas están dispuestas a realizar auténticos sacrificios para cuidar las plantas o el propio cuerpo. Se dedican diariamente al footing, comen poco más que yoghurt y manzanas, hacen su propio pan, participan con entusiasmo en manifestaciones contra la energía atómica y gastan generosamente su tiempo en observar el medio ambiente. Las preocupaciones por la salud y el aire puro dan lugar, además, a varias formas de ascesis y unos rituales estrictos: hay que hacer quince flexiones por la mañana, levantar el tronco treinta veces a mediodía, saltar cincuenta veces sobre el propio terreno por la noche… Todo ello es bueno y a veces necesario, por un lado, un poco exagerado, por el otro. Se puede descubrir en ello un cierto (y flojo) despertar del viejo espíritu “hippy”, con sus ansias hacia una vida sencilla y con el rechazo de tantas cosas superfluas. Sin embargo, resulta sumamente confuso hablar en esos casos de “religión” y de “espiritualidad”. ¿Es posible que el “mantenerse en forma” o la conservación del agua limpia se conviertan en el último sentido de la vida? ¿Es aconsejable ver los acontecimientos del mundo sólo bajo las exigencias de la ecología o de la salud? Ese modo de vivir puede disminuir la libertad y llevar a la manía. Y las teorías que fundamentan tales comportamientos, en vez de tener rasgos de religión se parecen más bien a rasgos ideológicos. Son ciertos signos de desesperación, y muestran lo que pasa cuando Dios está ausente. Tenemos que tener en cuenta que, quien hoy en día adora al Sol o dirige sus rezos hacia la “Madre Tierra”, no es ya el ingenuo creyente de hace más de veinte o treinta siglos, sino el desencantado intelectual y científico. Chesterton dijo una vez con mucho acierto: “Cuando se deja de creer en Dios, ya no se puede creer en nada, y el problema más grave es que entonces se puede creer en cualquier cosa.”

Por otro lado, mirando la cultura contemporánea queda patente que los hombres están ansiosos de religión. Tienen verdadera hambre de creer, aunque esa necesidad sea muchas veces inconsciente. Si no encuentran al Dios trascendente, se crean los dioses de la inmanencia. Pero, junto a ese fenómeno, se puede encontrar también una manifiesta nostalgia hacia el cristianismo, al menos en algunos ambientes, y a veces en los sitios más inesperados. Baste pensar en la música rock y en el éxito espectacular de las canciones de Bob Dylan, que hablan del Dios de los cristianos y de un mañana mejor, de paz y comprensión. El hombre, hoy como antes, se deja fascinar por el mensaje cristiano. No puede quedar satisfecho con una “espiritualidad secularizada” y una “religión pluralista”. Puede, en cambio, llegar a ser feliz siendo un cristiano auténtico en una sociedad secularizada y pluralista.

2. Campos de influencia

Si queremos educar a los jóvenes, es necesario cumplir con una primera condición que consiste en tener en cuenta esos cambios sociales que se han efectuado en las últimas generaciones. El mundo, evidentemente, no es el mismo que era hace veinte, treinta o cincuenta años; las condiciones en las que vivimos han cambiado notablemente, incluso en los ambientes más “burgueses”. No se trata sólo de una mejoría de lo que suele llamarse “nivel de vida”, sino de algo más profundo; se ha efectuado un verdadero cambio en el modo de vida: televisión, avión, móvil, ordenador, internet han cambiado nuestra vida. Tampoco los hombres somos los mismos. Percibimos el mundo, sentimos, pensamos y reaccionamos de otra manera que nuestros abuelos. Así las exigencias para una buena formación son distintas que antes. Sin embargo, algunos educadores parecen pensar que los niños serían como la hierba, siempre iguales. Esto es un error, y puede ser, a veces, la causa de la ineficacia.

Hoy en día, en las sociedades de consumo, los niños no son educables como antes. Desde hace mucho tiempo, ya no están sólo bajo la influencia de la familia y de la escuela. Hay muchos co-educadores que atraen a los jóvenes a los valores más contradictorios. Estos son, por ejemplo, la televisión, la propaganda y el grupo de los compañeros de la misma edad. Ejercen una gran influencia sobre los jóvenes y, por supuesto, también sobre los adultos. Vamos a considerar brevemente estos tres co-educadores, que determinan considerablemente el comportamiento consumista.

2.1. La televisión.- En nuestra sociedad, la televisión es, sin duda, la fuente principal de información y de deformación. Consumimos noticias de todo el mundo, talkshows y películas sin parar. No son pocas las casas en las que la televisión está encendida todo el día, incluso durante las comidas. Esto dificulta el diálogo, favorece la comodidad. Hay estudios que dicen, en sus conclusiones, que los niños europeos ven una media de cuatro horas diarias de televisión. En Estados Unidos, parece que ven todavía más, hasta seis horas al día, según las investigaciones del especialista Miltón Chen, de San Francisco. Así cuando un chico empieza la enseñanza media, ha visto 18.000 horas de televisión y ha pasado 13.000 horas en la escuela. Su cabeza está llena de imágenes.

Pero incluso el más ávido telespectador se ve, de vez en cuando, apartado de su pantalla, y tiene que enfrentarse con la realidad de la vida cotidiana. Entonces se encuentra inmerso en un mundo inevitablemente menos emocionante que aquel de las imágenes. La vida diaria puede resultar lenta y aburrida; normalmente no es tan dinámica como una película. Es comprensible que se pueda tener ganas de huir, volver cuanto antes al mundo fantástico de la televisión, y no se quiera salir de él. Así, la televisión puede llegar a ser una droga. Se le ha llamado, no sin razón, una “droga electrónica”. Hace pensar que exista también la televisión tamaño-casete que se puede llevar en un transporte público, para no estar solo consigo mismo, ni quince minutos.

¿Qué hacer en esta situación? Es comprensible que algunas personas adopten una postura defensiva: prohíben a sus hijos ver la televisión, o ni siquiera quieren tener un aparato en su propia casa. Este planteamiento radical puede ser enriquecedor para la vida de familia y la propia cultura. Sin embargo, no parece que sea el más apropiado para los retos de nuestro tiempo. Con controles y censuras, hoy en día, prácticamente no se consigue nada. Un alumno puede acceder por cable o satélite a todas las informaciones que quiera; puede ver los programas más nocivos en los bares, autobuses o tiendas, en las casas de los amigos o en la propia casa, cuando los padres están fuera. Recuerdo que una buena señora me contó una vez, que había discutido mucho con sus hijos adolescentes acerca de una determinada película, llena de escenas de brutalidad y erotismo: los hijos querían verla, los padres lo prohibieron. El día en que salió esta película en la televisión, la señora tenía que acompañar a su marido a una cita importante. Como no estaba segura de si los hijos iban a obedecer o no, llevó la televisión consigo en el coche. Y los hijos vieron la película en casa de los vecinos.

No se consigue nada con prohibiciones. La meta no puede ser una simple renuncia. Esto es utópico y poco atractivo. Hace falta un esfuerzo más grande. Es importante ayudar a los hijos, con argumentos sólidos, a utilizar bien la televisión: a tomar una actitud crítica positiva ante ella y descubrir sus ventajas y desventajas.

La televisión no es un enemigo; no es necesariamente una “caja tonta”. Puede ser un buen amigo, un instrumento eficaz al servicio de la cultura y de la educación. Uno de los directores de la televisión alemana suele decir: “La televisión hace a los listos más listos y a los tontos más tontos.” Conviene aprovecharla bien. Para lograrlo, es aconsejable ver en familia la televisión, y conversar después sobre lo que se ha visto. Así el aparato tan temido puede convertirse realmente en un “co-educador”, en el sentido más pleno de la palabra. Puede abrir nuevos horizontes y transmitir auténticos valores. Se puede descubrir también la propia responsabilidad por los programas, escribiendo cartas al director, haciendo sesiones de trabajo. De este modo cada uno puede salir del anonimato y de la pasividad, tan propios a la sociedad de consumo. Cada uno puede contribuir a buscar “una televisión con rostro humano”: es decir, una televisión a la medida del hombre, y no un hombre a la medida de la televisión.

2.2. La propaganda.- Otra gran fuente de influencia es la propaganda. Mientras que, mirando la televisión, se está ya consumiendo, la propaganda nos ofrece los productos más variados para consumir: viajes, coches, ropa, comidas exóticas, videos, discos… Si nos paseamos por una ciudad y miramos a nuestro alrededor, puede pasar que hasta las cosas más excéntricas nos parecen necesarias y urgentes. Queremos todo para nosotros; queremos todo en seguida. No consumimos sólo objetos; consumimos también hombres y paisajes… (Los ecologistas tenían que recordárnoslo en los últimos años.) La propaganda actúa a través de todos los medios de comunicación social, hasta los anuncios en las paradas de autobús, los eslogans que salen de la radio, incluso a las seis de la mañana y a las doce de la noche – o los carteles pequeños y grandes que decoran los supermercados. El hombre de hoy, muchas veces, ve reducido su horizonte vital al mero consumo de productos. Este superdesarrollo le hace fácilmente esclavo de la posesión y el gozo inmediato, advierte el Papa Juan Pablo II, “sin otro horizonte que la multiplicación o la continua sustitución de los objetos que se poseen por otros todavía más perfectos.” Esta actitud se refleja ya en los niños: tienen muchos más juguetes y dulces que en las generaciones anteriores, y desean todavía mucho más. Cualquier capricho puede desencadenar reacciones insospechadas, casi frenéticas. Y la propaganda las estimula continuamente.

¿Qué hacer en esta situación? Es obvio que la propaganda se asemeja a la televisión. Hay que adoptar la misma actitud ante ella. No hace falta rechazar todas las ofertas, pero sí es preciso aprender a utilizarlas bien. No se puede esperar del mercado libre que actúe según principios pedagógicos o formativos. Al mercado no le interesa si una cosa es buena para un niño o no. Sólo le interesa lo que se puede vender a un niño o para un niño. Está claro que las ofertas superan siempre las posibilidades económicas y temporales de cualquier persona normal. No se puede ni se debe adquirirlo todo. Hay que hacer elecciones. Y hay que ayudar a los jóvenes a hacer elecciones prudentes. Cada persona tiene que tener su propio criterio, según su situación personal. Es preciso aprender a decidir, a aceptar y a renunciar. Es preciso también desarrollar un escepticismo sano ante la propaganda. Si los padres dialogan con sus hijos sobre los anuncios, pueden orientarles. A veces conviene también explicarles abiertamente la situación financiera de la familia. Entonces pueden alcanzar un criterio sólido para su comportamiento personal. Esto, por supuesto, es menos cómodo que darles dinero para que compren lo que quieran; y es más exigente que prohibirles todas las compras, o reñirles permanentemente.

2.3. El grupo de los compañeros.- Todos los padres lo saben muy bien: a la hora de orientar el comportamiento de consumo de los hijos, hay que contar con un factor determinante, que es el influjo de los compañeros. Los sociólogos ya no hablan del grupo, sino de la escena de los jóvenes. Quieren decir con este término que los jóvenes forman una especie de subcultura. En sus ramas extremas, es la escena de las drogas, de las sectas, de los neonazis y los hooligans. Considerando sus expresiones más moderadas, se puede decir de todos modos que es una clase de consumidores aparte. Tienen su ropa determinada, su música, sus ídolos, su lenguaje, su coca cola… Las estrellas de cine, los futbolistas o los tenistas, los cantantes, ésos son los héroes admirados. El último premio Nobel de la literatura apenas nadie lo conoce ni lo ha leído. Pero el gol de la jornada, los actores y modelos los conoce todo el mundo. Y se gasta dinero para verlos de cerca, o para tener una camisa con su nombre o un compact con su voz. Esto, por supuesto, es un fruto de nuestras sociedades de consumo; no existe en los pueblos de África ni en las islas del pacífico. En Alemania, la música rock de los años 50 fue la primera música específica para la juventud. A partir de entonces, los jóvenes disponían de suficiente dinero propio para crear y mantener una cultura propia. En otras palabras, la escena juvenil es un fenómeno de lujo.

Los padres que quieren educar a sus hijos, tienen que tomar en serio este fenómeno. Tienen que contar con la influencia de los compañeros y saber que la renuncia a una cosa determinada puede llegar a ser un “problema existencial” para un adolescente. Puede ser un problema grave, no sólo porque al chico le gusta tanto ese objeto, sino porque la presión de su grupo puede ser muy fuerte. En algunos ambientes –incluso en los mejores colegios– existe un verdadero terror de consumo: una persona que no tiene ropa de una determinada marca, o que no ha visto una determinada página web, no cuenta nada. ¡Es duro quedarse al margen!

Los valores que se transmiten en esta subcultura, directa o indirectamente, se oponen a la tradición y, a veces, significan un cambio radical de la actitud cristiana. Fijémonos en el fútbol que, en algunos ambientes, ha adquirido rasgos de una nueva religión moderna: así, por ejemplo, el Club de Hamburgo canta con entusiasmo: “You never walk alone” (“Tú nunca andas solo”). Pero en esta nueva religión, Goliat suele vencer a David. El más grande es el triunfador (“We are the champions”), y no el que sabe perder con dignidad. Un entrenador alemán dijo en una entrevista: “Estamos condenados al éxito.” Es una religión de miedo, incluso de violencia, y no de serenidad y paz.

¿Qué pueden hacer los padres? Sería absurdo prohibir a los hijos ver el fútbol. Esto, además, apasiona también a los adultos y tiene realmente sus aspectos fascinantes. De igual manera sería poco realista intentar apartar a los hijos de todas las escenas o prohibirles todos los artículos de consumo propios a su edad. Podría llevar a tensiones muy grandes, a conflictos insoportables. Conozco a unos padres muy buenos de una familia numerosa que actuaban de esta manera. Sus tres hijos mayores tienen graves trastornos psíquicos, porque no aguantaban ser “diferentes” a sus compañeros. Después de esta experiencia, los padres cambiaron su estilo de educación.

Vivimos en una civilización pluralista. Lo que ven y escuchan los adolescentes en su casa muchas veces no coincide con lo que escuchan en el colegio, en las calles y en otras casas. Todos los esfuerzos que van encaminados hacia una unidad de formación, son muy importantes y dignos de elogio. Los colegios que actúan conforme a un buen proyecto educativo, por ejemplo, son una gran ayuda para la formación. Pero hay que tener en cuenta que los desafíos con los que tienen que enfrentarse hoy en día son mayores que antes. No sólo han de dar una buena formación, sino que han de dar una formación tan buena y profunda que los alumnos puedan orientarse luego en una sociedad pluralista y vivir en paz con otras personas que tienen planteamientos completamente distintos, sin escandalizarse ni hundirse. En definitiva, han de darles una buena formación y mucha fortaleza. Los jóvenes salen de sus casas (y, según el caso, de los colegios privados), se encuentran en la calle, van a los supermercados y discotecas, y encuentran otro ambiente completamente distinto. No es posible crear un micro-clima en el que todos vivan tranquilos. No es posible refugiarse en una torre de marfil. Los cristianos auténticos nunca lo han hecho; pero aunque alguien quisiera hacerlo, hoy en día no es posible. En los tiempos anteriores, los padres podían controlar las cartas de sus hijos, si les parecía oportuno. Hoy en día, esto sería una falta de realismo, ya que existen el móvil, el mail, el fax. Más que apartarse de la sociedad pluralista conviene ayudar a los hijos a vivir en ella, a orientarse en ella y a ser felices en ella. ¡Sólo el que quiere este mundo puede cambiarlo! Por esto, es preciso buscar un nuevo encuentro entre el Evangelio y la cultura.

3. Tareas del educador

Entonces, ¿cómo se puede vivir cristianamente, con sobriedad y buen humor, en una sociedad consumista? Se trata, realmente, de una cuestión muy difícil. Necesitamos mucha comprensión y paciencia. “Educar tres hijos hoy en día es como haber educado quince en las generaciones anteriores”, suele decir una maestra experimentada que no sufre nada de resignación. No hay recetas. Cada uno tiene que encontrar su modo individual de actuar, de acuerdo con las circunstancias variables de cada caso. A continuación, me gustaría proponer algunas ideas para la reflexión personal de cada uno.

3.1. Empezar por el propio educador.- Un antiguo dicho popular reza: “Búscate un maestro al que puedas apreciar más por lo que ves de él que por lo que oyes de él.” De mayor importancia que este o aquel esfuerzo concreto es la persona del educador. Un buen maestro influye más por su vida, por su mera existencia, que por las lecciones que da. El Papa Juan Pablo II confesó en varias ocasiones: “Mi padre se exigía tanto a sí mismo que no tenía que exigir nada de mí.” Una vieja historia cuenta que, un día, una madre desesperada buscó a un rabino famoso y le preguntó: “¿Qué puedo hacer? Mi hijo tiene una toxicomanía hacia los bienes materiales. ¿Cómo puedo cambiarle?” El rabino respondió: “No tienes que cambiar a tu hijo, sino a ti misma. Los problemas de tu hijo reflejan tus propios problemas. ¡Cámbiate a ti!” Este juicio, por supuesto, no se puede ni se debe aplicar a cualquier familia que tiene dificultades en la educación de los hijos. Sería una grave injusticia. Pero sí se puede aplicar al conjunto de una generación. Es decir, los jóvenes expresan muchas veces con claridad las actitudes profundas de los mayores.

¿Qué podemos hacer? En primer lugar, crecer en la conciencia de la propia responsabilidad. Todo lo que hacemos influye en el ambiente que nos rodea. No podemos quejarnos del anonimato y de la comodidad propios de las sociedades de consumo, porque nosotros mismos los creamos, o al menos contribuimos a que se mantengan. Hace algunas décadas, cuando un chico fuerte pegaba a otro más pequeño en la calle, cualquier persona que se paseaba ayudaba al niño más débil, y amonestaba al niño fuerte. Los mayores reconocían su responsabilidad; todos ellos se sentían educadores de la juventud. Actuaban, a veces, con severidad, pero tenían un rostro humano. Hoy, en cambio, los padres buscan un abogado para esos casos. Y todos los demás no hacen nada; se limitan a lamentar las desviaciones de los jóvenes. Una persona que quiere vivir con soltura en la sociedad pluralista –y ayudar a los demás a hacer lo mismo–, tiene que salir del anonimato y de la masificación. Tiene que actuar según sus propios juicios y adquirir un estilo propio de vida.

Los adolescentes observan mucho. Se dan cuenta de los motivos que mueven a sus maestros. Notan si los padres pueden poner límites a sus deseos de posesión o no. A veces pasan cosas verdaderamente ridículas: se compran furgonetas familiares, cuando se tiene un sólo hijo; se identifica el éxito con un perfume…Unos chicos que vivían en un asilo, me decían una vez: “No es verdad que nuestros padres no tengan tiempo para nosotros. La verdad es que hay muchas cosas más importantes para ellos: los negocios, el deporte, los compañeros y los viajes.”

Los educadores también son “hijos de su tiempo”. Tienen que tener una actitud generosa, si quieren orientar a los demás. No tienen que ser perfectos, pero sí auténticos. No importa que tengan defectos y debilidades; éstos, incluso, pueden hacerlos más amables. Pero deberían luchar sinceramente, y con sentido positivo, por vencer sus caprichos poco a poco.

3.2. Robustecer la autoestima.- Los psicólogos subrayan: “Detrás de cada toxicomanía hay una nostalgia”. Una persona, cuyo bienestar depende de la televisión, del alcohol, de la droga, de viajes o vestidos, busca en realidad otra cosa, que no encuentra ni en la televisión, ni en el alcohol, ni en el nuevo abrigo de pieles. Le falta seguridad, protección y cariño; y sobre todo le falta el aprecio de los demás. Muchas veces no tiene autoestima. No podía desarrollar una sana conciencia de la propia dignidad. Por eso no es capaz de abrirse a los demás. Tiene un egoísmo escandaloso, pero ese egoísmo es enfermizo. Quiere tener más para ser más.

La falta de autoestima es notoria en nuestros días. Las librerías dedican toda una estantería a libros como “Diez consejos para elevar su autoestima”, “Cómo recuperar tu autoestima”, “Los adolescentes y la autoestima”. Hasta en el metro se pueden encontrar carteles que invitan a participar en un “Taller de autoestima”. La crisis de autoestima es un fenómeno preocupante; es un índice de falta de salud mental. Por esto, a veces tiene poco sentido amonestar a una persona para que no gaste tanto dinero en cosas nocivas o superfluas. Es preciso robustecer su autoestima.

En sus primeros años de vida, todo niño realiza un descubrimiento básico que será de vital importancia en su posterior carácter: o “soy importante, me entienden y me quieren” o “estoy por medio, estorbo”. Bajo los cuidados de personas solícitas, se forman jóvenes espiritualmente estables, cariñosos y responsables. Pero si faltan esos cuidados, puede pasar que los jóvenes luego no sean capaces de establecer relaciones, ni de trabajar con seriedad. Y tampoco pueden utilizar los bienes materiales rectamente.

Sin embargo, tenemos que creer en las capacidades de estos jóvenes y dárselo a entender. A veces, impresiona ver cómo puede transformarse una persona, si se le da confianza; cómo cambia, si se le trata según la idea perfeccionada que se tiene de ella. Hay muchos educadores buenos que saben animar a los jóvenes a ser mejores, a través de una admiración discreta y silenciosa. Les comunican la seguridad de que hay mucho bueno y bello dentro de ellos, que, con paciencia y constancia, animan y ayudan a desarrollar.

Cuando una persona ha adquirido autoestima, puede independizarse poco a poco de lo que dicen los demás. Adquiere el valor de ir contra corriente, sin endurecerse o despreciar a los demás.

3.3. Orientar hacia grandes ideales.- No hace falta criticar continuamente la situación de nuestras sociedades. Una persona que amonesta y da lecciones, es poco atractiva. Es mejor enseñar a los jóvenes a abrir y ensanchar el alma, a orientar las ansias hacia grandes ideales. En el ambiente actual, se nota a veces una cierta resignación y poco ánimo para educar. Pero también hoy en día hay muchos jóvenes inquietos; hay una rebeldía sana contra la tendencia al mínimo esfuerzo de seguir la moda. Hace algún tiempo dijo un chico de 17 años en la televisión alemana: “En esta sociedad sólo cuentan el dinero y los coches grandes. Este no puede ser el sentido de la vida. Para nosotros valen más la amistad y el compañerismo.” Es una tragedia que ese chico era un neonazi, a quien había cogido la policía.

A muchas personas, en el fondo, les aburre la televisión y la vida aburguesada con zapatillas y cerveza. Cuanto más se entretienen, más se aburren. Por eso buscan cosas cada vez más absurdas para satisfacerse, como Nerón, que hizo quemar media Roma para divertirse. Han de aprender, en cambio, a observar, a sentir y a vibrar con la naturaleza, con la música, con la lectura, con la conversación, con el contraste de ideas. Hay un inmenso panorama para abrir inquietudes, para despertar intereses, para sembrar curiosidades.

La causa última de la patología del consumo no es el desarrollo material, sino un sistema de ideas que ha quitado al hombre sus verdaderos fines, que siempre están más allá de la posesión de objetos. La persona no es un animal. En todo caso, “es el único animal con manos,” como dice Santo Tomás. No tiene pezuñas o garras para acaparar cada vez más cosas, sino manos para arreglar y cuidar, y para orientar todo hacia un bien mayor.

Hay que ayudar a los jóvenes a descubrir la dignidad humana y el auténtico sentido de la vida. Si una persona tiene un proyecto vital muy alto, lucha con ilusión por conseguirlo y está dispuesta a renunciar a cosas secundarias y triviales. Entonces se da cuenta, por sí misma, de la necesidad de decir que no. Puede hacer la experiencia de que el trabajo, el servicio a los demás, la amistad y la generosidad contribuyen más a la felicidad que el vestirse según el último grito. Así, el consumismo egoísta deja de ser un problema, sin que se hable mucho de ello. Es importante apuntar muy alto para engrandecer el corazón y movilizar las energías. “Cuando quieres construir una nave y buscas personas para realizar esta tarea,” subraya un dicho popular alemán, “no les digas que busquen el material y hagan cálculos complicados: sino despierta en ellas las ansias hacia el océano grande y amplio.”

Cuando una persona tiene metas altas y la ilusión por conseguirlas, entonces ha llegado la hora de educar también en el arte de renunciar. Todos los grandes sabios de la humanidad conocían este arte, y lo recomendaron vivamente a los demás, desde Diógenes, el “filósofo del desprendimiento” que estaba feliz en su barril, hasta Wittgenstein, filósofo de nuestros días, que regaló los millones que había heredado a sus hermanos, para poder trabajar con tranquilidad. Si se tiene una actitud positiva frente a la realidad, entonces es posible aprender a decir que no.

3.4.Fomentar la solidaridad.- El desarrollo de la personalidad, por supuesto, es sólo un efecto de la renuncia. No puede ser, ni mucho menos, su motivo. Se trataría, entonces, de una especie de egoísmo y soberbia, que sería tanto más enfermiza cuanto más se escondiera detrás de actitudes laudables… El estoicismo nunca ha sido un ideal cristiano.

Un cristiano renuncia por amor. Como cualquier otra persona que vive medianamente bien en una sociedad consumista, no puede quedarse tranquilo ante el hambre, la miseria, la marginación de tantas personas en todo el mundo. Si es capaz de un mínimo de compasión, querrá compartir su suerte con los demás. Buscará formas de solidarizarse con sus hermanos de los otros continentes, y estará no menos dispuesto a aliviar las necesidades, pequeñas o grandes, que detecta a su alrededor. En una palabra, se empeña en ofrecer lo que es suyo y le falta al otro. Y no hace esto para alcanzar la propia perfección, sino por la convicción profunda de que él mismo, como todas y cada una de las personas humanas, debe prestar ayuda a quienes la necesitan, en la medida de sus posibilidades.

Esto lo comprenden incluso los niños. Conozco una madre que se preocupa mucho por inculcar en sus tres hijos la generosidad y la solidaridad con los demás. Por esto tiene la costumbre de visitar con ellos un orfanato, cada año en las vacaciones de verano. Antes de irse, los hijos eligen algunos de sus juguetes más queridos, y luego los regalan a los niños necesitados. Hace poco pasó una cosa que dio una gran alegría a la madre. La hija mayor de la familia, de nueve años, había recibido una bicicleta el día de su cumpleaños. ¡Su deseo más grande se había cumplido! Después del primer entusiasmo, la niña se fue sola al orfanato, y entregó la bicicleta.

La generosidad engendra alegría, ya que responde a una íntima exigencia de nuestra naturaleza. El hombre no sólo tiene manos para poseer, sino también para dar. Es “simplemente el ser con capacidad de dar.” Se realiza justamente en la donación.

Somos libres de renunciar a las cosas más lícitas y bellas, por los motivos más variados. A un cristiano no le mueve sólo el amor a los hombres; le mueve también el amor a Dios. Se deja fascinar por el desprendimiento y la libertad de Jesucristo, y quiere vivir tan sobrio como su Señor. Pero, ¿esto es posible también hoy en día? ¿Se puede vivir la fe cristiana en nuestra sociedad consumista? Y también los hijos y nietos de la generación “hippy”, ¿están en condiciones de comprender el mensaje cristiano? Nos referimos al cristianismo en toda su dimensión, no sólo a unos eslogans religiosos que excitan a las masas durante los festivales de rock.

3.5. Educar testigos del amor de Dios.- Sí, los jóvenes son capaces de abrazar la fe, hoy como antes. Para seguir a Jesucristo, una persona necesita la fuerza de la gracia divina, y no unas circunstancias socio-culturales óptimas. Lo sabemos desde los primeros siglos de la era cristiana. Por eso resulta más urgente reforzar la identidad cristiana que cambiar algunos rasgos superficiales de la sociedad. La tarea educativa consiste, principalmente, en ayudar a los jóvenes a encontrar al Dios verdadero para que, llevados por la gracia, se enamoren de él.

Luego harán el mundo más humano.- Lo que la gente de nuestro tiempo ansía es una espiritualidad anclada en una teología sólida y abierta. Esta necesidad tendría que mover a los cristianos a transmitir la fe con claridad, sin rebajar sus exigencias al nivel que marca la New Age. Es ese el servicio más grande y bello que una persona puede prestar a la sociedad en los momentos actuales, en los que muchos contemporáneos están sufriendo un vértigo de existencia superficial: ayudarles a salir de la desesperación y a renunciar a una vida aburguesada, consumista y egocéntrica.

En este nuevo comienzo –que es urgente y apasionante a la vez– se sitúa la soberanía con respecto a las cosas que nos rodean. Un cristiano tiene más razones que nadie para vivir el desprendimiento y la sobriedad, y para enseñar a vivirlos a los demás. Quiere seguir a Cristo, participar en el misterio de la redención y llevar la cruz con él. Si sólo disfrutamos de las comodidades de nuestra sociedad, tal vez seguimos a Cristo muy de lejos; de tan lejos, que no experimentamos ni rastro de su cruz. Si, por otro lado, nos quejamos de las exigencias de la vida cristiana, puede ser ésa también una señal de que no estamos aún lo suficientemente cerca del Señor. Un cierto tono de queja se encuentra en contradicción con la esencia del amor.

Quien ama, acepta esfuerzos y trabajos.- Ciertamente, la cruz es una locura. Pero se trata de una locura de amor y de entrega que puede atraer también hoy en día a una persona que busca el sentido de la vida. Los jóvenes quieren que se les exija, en un clima de confianza y de comprensión. Si no se les exige nada, se desprecia su personalidad. Aunque el desprendimiento cristiano cueste, tiene un sentido positivo, liberador y enaltecedor de la capacidad del hombre, porque permite llenarse de Dios y darse a los demás.

EN SUMA PODRÍAMOS DECIR: El cristiano acepta y quiere el mundo que le rodea. A la vez tratará de ser sobrio. Esta actitud no se basa en un rechazo del progreso o de la técnica, ni en prohibiciones o controles. Se basa simplemente en una opción clara por Cristo. No vive las virtudes por falta de ocasiones, sino por el deseo libérrimo de seguir los caminos del amor, en plena sociedad consumista.

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