Al Sr. Rencor le echamos de casa

Lo que comenzó siendo una conversación normal entre dos personas que se quieren, acabó en discusión. Las frases se iban cargando de doble y hasta de triple sentido. Miradas burlonas y desafiantes que cortaban el ambiente. Descargo de agravios comparativos. Sobre la mesa que hacía de frontera entre los dos, volvieron a presentarse unos cuantos recuerdos de sucesos desagradables, ya superados, que hieren sólo con mencionarlos.  Un golpe seco encima de la mesa. La silla que se desplaza con fuerza y un portazo. El famoso portazo que hiela el corazón y la casa. Después, silencio. Un silencio agobiante.

Y entra en escena el Señor Rencor, ése que firma el acta de la discusión, y que me imagino vestido de negro y con bastón, con cara de viejo amargado que se frota las manos cuando ve que dos personas se tiran los trastos a la cabeza y discuten por soberbia.

Al día siguiente, entre los dos, silencios prolongados. Miradas que se esquivan mutuamente. Convivencia sin vivencia. Y pasan las horas. Y sigue el silencio.

Hasta que uno de los dos, quizá el que comenzó con una broma de mal gusto la dichosa conversación, da un paso al frente, y mirándole al otro a los ojos, le dice: ¡Perdóname! Entonces tienes que ver la cara del Señor Rencor… todo un poema. Su rostro, que había manejado los hilos hasta entonces, se contrae de ira y huye desconsolado. No tiene sitio entre los dos. Se va a la mierda.

Y vuelve la alegría.

PD.- Esta es la historia de un matrimonio santo que lucha desde hace más de cuarenta años por quererse como el primer día. Contemplar sus luchas me llena de fortaleza. Ellos, sin palabras, me demuestran que el amor se forja en la debilidad, en ese comenzar y recomenzar cuantas veces haga falta. Y, lo demás, pamplinas.

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8 Responses to “Al Sr. Rencor le echamos de casa”


  1. 1 maria 20 noviembre 2007 en 9:34 pm

    ¡¡qué importante es saber pedir perdon!!! y qué bien sienta!!

    a la mierda el sr. rencor!.

    Con los que quieres has de medir las palabras… no creo que sea bueno tirarle los trastos a la cabeza a nadie… eso hace daño… menos mal que curaron la herida con el perdon…

  2. 2 juanjomolina 20 noviembre 2007 en 9:53 pm

    es cierto, María. Gracias.

  3. 3 c3po 21 noviembre 2007 en 5:59 am

    Sabias palabras.
    El divorcio es la constatación de un fracaso que algunos intentan vestirse como algo bueno. Toda una contradiccion.

  4. 4 Pilar 21 noviembre 2007 en 11:15 am

    Muchas veces es mejor tener mala memoria,
    No merece la pena guardar rencor, no conduce a nada, y encima destruye! Yo me quedo con el perdón, que dá alegría, paz y encima construye!
    Juanjo, me encanta el blog!

  5. 5 juanjomolina 21 noviembre 2007 en 11:46 am

    Bienvenida al Café de Redacción, Pilar!!! Dale muchos recuerdos a Nico y a los peques. Aquí tienes tu casa. Hay abundantes cafeteras…

  6. 6 rocio 22 noviembre 2007 en 8:42 am

    Es verdad que el rencor hace mucho daño.Me dá pena ver mucha gente rencorosa que se acuerda de….
    Gracias a Dios tengo poca memoria ,no me acuerdo lo que cené ayer…es mucho mejor olvidar y pasar pagina.
    El alma descansa con el perdón y con el olvido.
    Muchas veces al principio,cuesta olvidar completamente algo que un vecino te ha hecho…por ejemplo…pero si pasas página y pides ayuda del cielo…¡¡¡está comprobado que olvidar como si no hubiera pasado nada y perdonar te dá mucha mucha tranquilidad al alma.
    Me gusta mucho tu blog Juanjo.

  7. 7 Marc Roig Tió 25 noviembre 2007 en 9:23 pm

    Hoy en la Vanguardia venía un reportaje sobre los niños que también son víctimas de la violencia doméstica. Los niños que han perdido a su madre a manos de su padre. Se cuenta el caso de algunos niños que incluso presenciaron el asesinato. Las secuelas que sufren son múltiples y quién sabe si llegarán a superar ese trauma. Y todo, porque no se supieron perdonar.

    Gran blog. Me gusta (y el café también, jeje).

  8. 8 Néstor 27 noviembre 2007 en 12:09 pm

    … y que no vuelva.
    A menudo, los grandes problemas comienzan en pequeñas tonterías sin trascendencia, amplificadas por la vanidad, el orgullo herido, el rencor. Qué gran lección la de ese matrimonio amigo tuyo.


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