El sufrimiento, escuela de grandeza

By: Jorge Llop en http://volveranacer.wordpress.com/

Hace años vi una entrevista al arquitecto mexicano Bosco Gutierrez. Me gusto mucho como otros que lo han visto. Sé que han hecho una nueva versión de los hechos. En él narraba  los 275 días en los que estuvo secuestrado en una habitación de tres metros cuadrados.

La semana pasada leía una entrevista suya en la que contestaba al sentido de aquella experiencia:

“Fue como si Dios me hubiera llamado y, ya al borde de la muerte, yo le hubiera suplicado que me dejara vivir un poco más: Señor, soy joven, tengo 7 hijos muy chiquitos y a Gaby, mi esposa…En cierto modo, Él me contestó: Hijo, no te regresaré al vientre de tu madre, pero te dejaré 9 mese en este cuartito para que de tus recuerdos, tu inteligencia y tu pasado saques propósitos de cómo vas a vivir tu segunda oportunidad. Así fue: viví en un espacio de reflexión continua durante 9 meses, y ahora entiendo que estoy en mi segunda oportunidad.

Al recordarlo, renuevo mi actitud de vida para corregir mis tendencias desordenadas hacia el orden verdadero que es Dios, en primer lugar; mi familia y demás círculos de gente, en segundo l ugar; y mi trabajo y ambiciones materiales, en tercer lugar”

Esta es la consecuencia común a los que hemos estado en situaciones cercanas a la muerte: una segunda oportunidad que no debemos desaprovechar. No creo que sea necesario pasar por una situación extrema pero a los que la hemos vivido no se nos escapa este matiz. Las circuntancias nos han empujado. Sin embargo hay  otras maneras más sencillas de replantearse la vida.

Para saber más, publico una entrevista que le hicieron a Bosco:

“A mayor rechazo, mayor angustia”.

Nueve meses en un zulo de un metro por tres


Bosco Gutiérrez

La mañana del 29 de agosto de 1990, Bosco Gutiérrez besó a su mujer y a sus siete hijos, minutos después fue secuestrado. Vivió nueve meses en un zulo de un metro por tres, desnudo la mitad del tiempo. “Yo entiendo mi secuestro como si Dios me hubiera dicho: no te puedo volver a meter en el vientre de tu madre, pero te voy a meter nueve meses en un cuartito para que con tu inteligencia y tu memoria decidas cómo vas a vivir tu segunda oportunidad. Entendí con todo mi ser que mi tesoro es mi gente y no mi trabajo o mi cuenta bancaria. En el zulo lo hubiera dado todo por abrazar un minuto a uno de mis hijos. Desde entonces valoro a la gente por sus cosas positivas y no por sus errores”. A los secuestradores no los cogieron, pero Bosco no ha tenido pesadillas. “Aprendí, fue muy positivo, no lo rechazo”.
“Tengo 48 años. Nací y vivo en México DF. Estoy casado, tengo nueve hijos y vengo de una familia de 14 hermanos. Estoy licenciado en Arquitectura. Mi postura filosófica y política se basa en lo que yo hago: una arquitectura en función del ser humano. Soy católico. He dado una conferencia en la UIC sobre la historia de mi secuestro”.

IMA SANCHÍS

LA VANGUARDIA – 21/11/2005

        

 

– ¿Cómo se sentía?

        – Me tuvieron desnudo cuatro meses. Los secuestradores iban con capucha y jamás oí sus voces, se comunicaban por escrito. Después de tenerme tres días a oscuras me pasaron un interrogatorio: “Hasta que conteste no comenzarán las negociaciones”.

– Contestó, claro …

        – Les conté detalles de la vida cotidiana de mi familia y me sentí un traidor, me abandoné y me dejé morir. Trece días tirado en el suelo, haciéndome las necesidades encima.

– ¿Salió de ese estado?

        – Uno de los guardianes me mostró un papel: “¡Viva México! (era el día de la independencia), puede tomar lo que quiera”.

– ¿Qué pidió?

        – Un gran vaso de Chivas. Me lo trajo, yo me arrastré para cogerlo porque estaba totalmente entumecido y me fui al rincón como un animal con su presa. “Esto sí lo voy a gozar”, me dije. Entonces, el otro Bosco que hay dentro de mí comenzó a hablarme: “¡A ver si eres tan hombrecito!, ofrece el whisky”.

– ¿Y?

        – “Yo ofrezco estar secuestrado”, dije. “Eso no depende de ti”, contestó mi voz interior, y tiré el whisky por el váter. Me quedé pensando que había hecho una estupidez y me dormí. Cuando desperté, cogí el papel sobrante del interrogatorio y escribí: “Hoy gané mi primera batalla, no todo lo deciden ellos”. Así empecé a recuperar la autoestima.

– ¿Cómo consiguió que creciera?

        – Pensé que no sería muy diferente lo que yo le diría a uno de mis hermanos si estuviera en mi lugar y decidí escribir una carta como si el secuestrado fuera otro. Me puse en pie por primera vez en 19 días y recé.

– ¿Olvidó la carta?

        – Sí, pero cuando acabé el rosario la vi dobladita junto a la puerta y me puse a llorar como un idiota: “¡Recibí una carta de mis hermanos, qué maravilla!”, grité. El Bosco realista me decía: “Ya te volviste loco”.

– ¿Qué ponía en la carta?

        – “Éste no es un problema personal, es un problema familiar, y lo vamos a resolver en equipo, pero tú eres el que tiene el trabajo más importante: cuidar de ti mismo”.

– ¿Abandonó el papel de víctima?

        – Sí, entendí que mi trabajo era entregar mi cuerpecito perfecto al equipo. Así estructuré mi vida, que dividí en tres columnas: salud mental, salud física y aprovecha el tiempo incluso en esas circunstancias.

– ¿Cómo aprovechar el tiempo en un zulo?

        – Lo primero era no volverme loco. Entendí que cuanto mayor fuera el rechazo más crecería la angustia, y decidí aceptar mi circunstancia, limpiar mi cuartito y controlar la imaginación. El tiempo lo medía a través de una cinta de música que ellos ponían para que no los oyera, todo el rato la misma.

– Eso es muy mortificador …

        – Yo lo convertí en un instrumento. Vivía días de 32 casetes y acabé ajustando la fecha, esas conquistas mejoran tu autoestima. También pedí una dieta muy sencilla que le recomiendo.

– ¿. ..?

        – Fruta tres veces al día, cereales por la mañana, proteína al mediodía y yogur por la noche. Corría una hora y media al día (tres casetes) y hacía un casete de abdominales. Pero estoy convencido de que el músculo más importante es la voluntad.

– ¿En qué pensaba?

        – En mi madre, que había muerto tres años antes. Recuperé un recuerdo de niño, un sueño. Estaba en el infierno, y un tipo me gritaba: “Estas aquí por no haber ayudado a nadie, fuiste egoísta, y yo estoy aquí porque nadie me echó una mano. Si me hubieras ayudado, los dos estaríamos en el cielo”. Mi madre, que era muy inteligente, me dijo: “Te acabas de dar cuenta de tu responsabilidad como cristiano, hay que ayudar a los demás”.

– ¿Temía encontrar en el infierno a uno de los secuestradores?

        – Pues sí, y que me dijera: “Te pudres en tu perfección, porque nunca pensaste que nosotros somos tan dignos y valiosos para Dios como cualquiera”.

– ¿Y empezó a hacer apostolado?

        – Recé por ellos y cuando llegó Navidad les pasé un papelito: “Señores guardianes, hoy es Navidad y no hay ni secuestradores ni secuestrado, todos somos hijos de Dios y a las ocho de la noche vamos a rezar”. A esa hora abrieron la ventanuca de la puerta y vi a cinco encapuchados blancos en un fondo negro.

– ¿Qué les dijo?

        – Les hablé de la humildad y les leí el evangelio. Al terminar, uno por uno me dieron la mano y experimenté la felicidad más grande. Salir de mí mismo y pensar en los otros hizo que me sintiera valiente y útil. “Arquitecto Bosco – me escribió uno de los secuestradores-, díganos de dónde saca usted la fuerza”.

– ¿De dónde?

        – Había perdido el miedo, sabía que mi vida no estaba en sus manos, sino en las de Dios. Los cinco meses restantes fueron de gran profundidad espiritual.

– ¿Tiene nostalgia de esos nueve meses?

        – En cierto modo. La sociedad nos mueve a interiorizar poco, vivimos muy en la superficie, no tenemos espacio para reflexionar y por tanto poco crecimiento personal, de manera que tus relaciones con los demás son atropelladas, y tus actitudes, no ponderadas.

– ¿Cómo salió de allí?

        – Temía que me abandonaran dejándome morir. Durante meses estuve fabricando una ganzúa con un muelle del catre. La idea era usarla si me abandonaban, pero quise probarla, abrí y no pude volver a cerrar. Me veía muerto. Avancé, pasé junto a un guardián que dormía y salté por una ventana.

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2 Responses to “El sufrimiento, escuela de grandeza”


  1. 1 Ljudmila Hribar 24 octubre 2007 en 11:03 am

    Si verdaderamente una experiencia fuerte, extrema. Aunque no nos toque (gracias a Dios) algo tan fuerte, todos tenemos pequeñas segundas oportunidades a diario, solo que a veces no las vemos. Tambien es una pequeña escuela de grandeza. Gracias por heacerme pensar en ello.

  2. 2 juanjomolina 24 octubre 2007 en 11:09 am

    Gracias a ti Ljudmila por visitar el blog. Aqui tienes tu casa para comentar lo que quieras


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