El Señor siempre se pide lo mejor

He robado del blog de Juanan un relato que me ha parecido sencillamente genial. Creo que los buenos relatos son aquellos que consiguen meterte en la historia que cuentan, porque están escritos con el corazón, sin tapujos. Sencillo hasta no decir basta y lo suficientemente bueno para que le dediques un minuto a leerlo. Gracias, Juanan.

 

Mi abuelo era supernumerario. Mi tito Juampe, es sacerdote del Opus Dei. Y mi tita Carmen, numeraria. Recuerdo cuando se conocieron mi tita y mi prima Carmen:

– ¡Hola! ¡Soy tu tita Carmen! ¡Me llamo igual que tú!

– No, tú no te llamas Carmen.

– ¿Ah, no?

– No. Carmen soy yo.

– ¿Entonces yo cómo me llamo?

– Coto. Eres la tita Coto.

Con el tiempo, mi prima fue aceptando que hubiera más gente que tuviera su mismo nombre, y ahora va accediendo a llamarla Carmen.

A mi tía, en su casa la llaman Mamen. Bueno, sus casas, porque siempre está de un lado para otro. Pero ya por fin la mandaron para Granada, su tierra natal, y ahora es directora de la administración del Colegio Mayor Albaycín. Como estuvimos en Granada viendo a la familia por el puente del Pilar, aprovechamos para ir a su casa y ver dónde vive. Claro, fuimos todos: mi padre, mi madre, mis hermanos Maite (que hoy es su santo), Pablo, Ignacio, mi tito Ami y su mujer la tita Raquel, mis primos Carmen y Emilio, y yo.

Entramos primero al oratorio, para saludar al Jefe. Un oratorio como todos los de la Obra: el lugar mejor cuidado de la casa, pero sencillo y acogedor, con el Sagrario bien visible. Después nos llevaron a ver el resto de la casa, empezando por la lavandería y siguiendo por la cocina. ¡Todo era enorme! Nos fuero saliendo al encuentro las compañeras de mi tía.

– ¡Mira, Carmen, estas son mis amigas! -todas sonrientes, muy lindas y con una cara de buena persona que no hace más que recordarme que el Señor siempre se pide lo mejor para sí.

Una de ellas cometió la imprudencia de invitar a mi prima a que se metiera en una lavadora. Al principio le dio un poco de pavo, pero al minuto ya estaba abriendo puertas y encaramándose para meter la cabeza en el bombo. Hubiera metido todo el cuerpo si no fuera porque siempre había alguien para tirar de ella hacia abajo.

Mi primo Emilio (dos añitos) también se hizo el protagonista. Está obsesionado con los animales, y absolutamente TODO lo que era un animal, lo señalaba. “¡Un pony!” dijo cuando vio los caballos bordados en los taburetes, “tutuga” eran unos peluches de la sala de estar, y “maiquita” era la mariquita que vibraba y servía para dar masajes. Lo mejor fue nada más entrar al despacho de mi tía. Por supuesto, a los dos segundos mi prima estaba sentada asumiendo su papel de directora, y Emilito dijo “¡un peddo!”, señalando una foto que hasta entonces había pasado desapercibida para todo el mundo, en la que efectivamente había un perro.

Pero yo también cobré protagonismo, jejein. Nada más verme, dijo una (su santo es hoy también, ¡felicidades, Teresa!):

– Tú eres el del blog, ¿no? -tardé en situarme, una vez que lo hice me puse colorao, y se rieron un poco- Claro, no te extrañes de que te reconozcamos, si pones la foto…

– Nos sabemos todas tus historias.

Se me fue pasando el corte a medida que veíamos algunas habitaciones como el comedor, o el comedor de ellas que aún estaba en construcción. Mi hermano Ignacio reparó en los zapatos manchados de pintura que había en un rincón.

Después nos invitaron a tomar algo (yo me pedí un nestea, me encanta el nestea). En la mesa había tanto jamón, queso, aceiutunas, chorizo, salchichón y tortilla que empezamos con las bromas:

– Niños, cenad ahora que después no hay nada.

Se sentaron con nosotros dos amigas de mi tía, Teresa ya se había tenido que ir, y mis primos estuvieron por ahí dando la lata. Charlamos y nos enteramos de que una era sobrina o algo del autor de “Hablar con Dios”.

– Claro, si es que la gente también tiene su familia y eso… -apuntó mi madre sin medir sus palabras por la sorpresa.

Siguieron con las bromas y dijeron que yo era famoso por el blog y todo eso. Colorao de nuevo, pero menos. Me preguntaron si los que me comentaban eran amigos míos ya de antes. Les llamó la atención que no, que sólo era la minoría (Terzio, tú no eres toda la minoría). Seguimos hablando de cosas sin importancia (porque no tenían que ver conmigo, juas juas), y al cabo de un rato muy agradable nos fuimos. Me endosaron en el último segundo otro vaso de nestea, completo, que me tuve que beber casi de un trago y que luego me estuvo haciendo añicos el pecho.

Las chicas salieron a despedirnos, nos montamos mi familia en el coche y la de mi tío en el suyo. Carmencita se hizo de rogar, y aunque no se quedó con ellas, se vino en nuestro coche. Nos despedimos finalmente agitando las manos, ellas todo sonrisas. Carmencita movía de un lado a otro su mano con brío.

Qué suerte la de mi tía el vivir allí. Nunca me canso de repetirlo, el Señor siempre se pide lo mejor para sí.

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