“No sabemos qué hace bueno a un poema. Es un misterio, un misterio espléndido”.

Entrevista a Fidel Villegas, profesor de Literatura del Centro educativo Altair (www.poesiadigital.es)
“No sabemos qué hace bueno a un poema. Es un misterio, un misterio espléndido”.
Fidel Villegas es reacio a la mínima brizna de notoriedad. Editor, profesor de lengua y literatura, educador y fundador del grupo poético Númenor (según casi todo el mundo excepto él) trabaja a diario por el hombre y las humanidades. Sus Cuadernos de Poesía Númenor editarán en otoño la primera antología en España del poeta chileno José Miguel Ibáñez Langlois y aprovechamos el momento para preguntarle por un grupo poético cuyos componentes comienzan a ser valorados y reconocidos por la crítica. Puede ser ésta la primera ocasión en que Fidel Villegas hable, a fondo, sobre Númenor.

Antes de hablar de Númenor, puede resultar interesante una presentación de vuestro próximo libro. ¿Quién es Ibáñez Langlois? ¿Por qué una antología ahora?Enrique García-Máiquez está preparando esa antología, que presentaremos durante los sextos Encuentros Poéticos de Otoño, en Sevilla. Ibáñez Langlois es un poeta chileno contemporáneo, que hace una poesía tan valiente y sincera, tan amplia y, como suele decirse, tan cósmica, que desde hace años nos ha impresionado y ciertamente está en el origen de ciertos rasgos de la poesía de algunos escritores de nuestro círculo. Me parece que gustará a los lectores. Actualmente es casi imposible encontrar libros suyos de poesía —sus libros de crítica literaria están más divulgados— en España. Como la antología será extensa, contribuiremos a la difusión de un autor y una obra —políticamente incorrectos— que valen la pena.

¿Puede Fidel Villegas ser considerado el fundador del grupo Númenor?

Yo no soy un poeta, por lo que difícilmente podría haber fundado ­—como tú dices— ningún grupo poético. Eso si es que puede hablarse con propiedad del “grupo Númenor”, que yo no lo sé. Sí sé que hay quienes lo hacen, y a mí no me desagrada.

¿Cómo nació Númenor? ¿Quiénes componen Númenor?

Yo soy profesor de literatura; doy clases a estudiantes de enseñanza media. Es lo que he hecho durante toda mi vida profesional. En 1987 cuatro o cinco alumnos míos —tendrían catorce o quince años— me pidieron que hiciera con ellos una revista. Cuántas revistas escolares, de institutos, no se habrán hecho. Yo accedí, porque los veía entusiasmados, y pensé que sería útil para su formación. Me interesa la formación de mis alumnos; procuro hacerme eco de sus iniciativas. Una vez oí decir a un profesor mío en la Universidad que el buen profesor es el que acepta el saber y los deseos nuevos que él mismo ha suscitado en sus discípulos, probablemente sin ser él mismo muy consciente. He reflexionado con frecuencia en el misterio de la transmisión del saber, en la fascinante cadena que une a quienes han conseguido entrar en diálogo vivo. Creo haberme dado cuenta en no pocas ocasiones, durante una explicación o una lectura en las clases, de que se estaba despertando en tal o cual estudiante una idea, una sensación nuevas. Como si se encendiera para ellos una luz diferente. Eso me alegra. Con la experiencia se aprende que hay palabras que casi siempre encuentran eco en los espíritus de la gente joven. Sinceramente afirmo que el profesor debe pronunciar esas palabras, leerlas en quienes las han escrito, hacerlas repetir a los estudiantes. Que queden, si es posible, en su memoria… Siento la digresión, pero no me ha quedado más remedio que hacerla si he de responder justamente a la pregunta. En este contexto nació Númenor, la revista Númenor. El nombre, tolkiniano de antes del boom, ya no recuerdo quién lo puso. Leíamos a Tolkien y su lectura era para nosotros muy estimulante, de modo que apropiarnos de uno de sus lugares inventados nos pareció lo mejor. Númenor es un símbolo: de la nostalgia o añoranza, de la aventura, de la felicidad presentida. Me hago cargo de que es un nombre extraño para una revista. Ese curso salieron tres “entregas”: fotocopias, página a página, de locura, en una fotocopiadora desesperante. La  portada, en serigrafía de color rojo. El árbol y sus siete estrellas los sacamos de una de esas hojas de transferencias que entonces había. El número uno se abría con un poema de un chico que se llamaba Joaquín Navarro; se titulaba Ese viento. Recuerdo todo eso con satisfacción: es una escena escolar típica, juvenil. Lo que ha venido después está muy bien. Primero, haber podido darle continuidad escolar; luego, su apertura a escritores generosos que se hicieron presentes con sus enseñanzas y su amistad. Debería hablar de muchos de ellos. Y la colección de libros, y otras publicaciones, al principio como Ediciones Altair y ahora en las Ediciones de la Fundación de Cultura Andaluza. Y las lecturas poéticas, que tenían una resonancia tan magnífica que no me lo podía creer. Hacía que los poetas que se iniciaban leyeran para el público. Así nació Númenor. Y Númenor sigue siendo gente que empieza a escribir. Sí, me gustaba todo eso. ¿Quiénes lo componen? Las generaciones de estudiantes se suceden. Los redactores de la revista han sido muchos. No obstante, hubo un momento en que un grupo se asentó, y siguieron cuando se marcharon de Altair —así se llama el colegio en el que trabajo—. Luego han ido llegando otros. Hacen la revista, programan las diferentes actividades etc., y se han ido haciendo como poetas. Son buenos poetas, tienen voz propia y conciencia de los lazos que los unen: en la amistad y en la visión esencial del mundo y del transmundo. Sería interesante hablar de sus maestros, pero no por hacer los famosos —y según afirman muchos— estériles y eruditos análisis de fuentes. Lo sería por ir como asistiendo a un elegante proceso de maduración; y a la vez puede uno aprender también de esos maestros. El profesor Jesús Arellano, Pedro Antonio Urbina, Miguel d’Ors, Carmelo Guillén Acosta, José Julio Cabanillas, Fernando Ortiz, Eloy Sánchez Rosillo, Jesús Tejada, Carlos Pujol, Abel Feu, José Mateos, Pedro Sevilla, Rafael Téllez… por ejemplo. Quizás sean los que están en el inicio —y pido disculpas a los que por mi espantosa memoria omito en esta conversación—. Luego vienen los intereses de cada cual, el itinerario personal e intelectual, muy amplio.

¿Qué caracteriza literariamente a sus escritores? ¿Crees en el concepto de generación? ¿Hay una generación Númenor?

A la última de estas preguntas he contestado, más o menos. Que hay generaciones, es evidente para mí, aunque no tomo parte de las controversias sobre la cuestión. Los escritores de Númenor se han formado en un ambiente determinado, se han interesado por los mismos escritores y han asimilado con hondura su magisterio. Sus versos tienen como sustrato, me parece a mí, el Cristianismo. Hay quienes los califican de poetas confesionales. Pero ellos mismos, en las poéticas que han publicado y en sus intervenciones públicas, han aclarado que, sin importar las etiquetas más o menos simplificadoras y con tal o cual intención, buscan expresarse desde esa patria común de la fe cristiana en la que se puede vivir de modos muy distintos. Pero con unas raíces irrenunciables; Chesterton ha escrito mucho sobre esto. Las verdades del Cristianismo, en sí mismas y en la expresión intelectual y estética de los grandes escritores, son de tal fuerza que un artista impregnado de ellas ve y experimenta visiones y experiencias asombrosas. ¿Ejemplos?: ¿Qué es la muerte-resurrección?Voy a leerte un poema. Es de Pablo Moreno —él ha sido finalista del premio Luis Cernuda, ha publicado dos libros y poemas suyos aparecen en diferentes antologías— y cierra su primer libro, De alguna manera. Es un poema, para mí, emblemático, y no exagero si afirmo que anda mucho de boca en boca:La solución no está en la socorrida
excusa de la evasión
hacia paisajes extranjeros
o a ínsulas más o menos extrañas.
No. La cuestión
es estarse pendiente de los signos,
de las muy breves notas que se escapan
y que van resbalándose
como lluvia lenta.
El secreto —sin ser secreto—:
la búsqueda y la espera.
Este libro es el primero que se publica de los de Númenor. Recuerdo con afecto la presentación que hizo Enrique García-Máiquez —autor del prólogo: siempre prologamos los libros de nuestra colección—. Creo que ese acto forma parte de nuestra historia, y por muy diversas razones nos ha marcado. Me resulta agradable mencionar otros. Años de piedra, de Francisco Gallardo; Desde otro tiempo, de Joaquín Moreno; Magia, de Rocío Arana; El alba en mi ventana, de Iván García; Clara contraseña, también de Pablo Moreno, todos ellos editados en los Cuadernos de poesía Númenor. Jesús Beades tiene dos libros premiados, Tierra firme (Premio Gerardo Diego 1999) y La ciudad dormida (Accesit del Adonais 2004).También se premió Pampaluna, otro poemario feliz de Rocío Arana. Y Vasos de barro —con el Luis Cernuda— de Alejandro Martín. Él mismo acaba de obtener el premio Miguel Hernández, que publica Hiperión. Sí: es un buen plantel, y reconocido. Lo que más aprecio es que sus versos llegan a mucha gente; además, entre ella, gente que no raramente con ellos comienza a apreciar la poesía. Lo tengo muy comprobado.

Un editor puede optar entre dos actitudes: nada es bueno ni malo y edito lo que me interesa; o bien, edito lo que me parece bueno. ¿Tienes un juicio estético estricto ante un poemario? ¿Qué buscas en el poema?

Naturalmente que el editor ha de poseer y mantener un juicio estético; formado y abierto más allá de los propios gustos —que con facilidad pueden convertirse en manías o veneración incondicional, un poco ridícula,  por alguien—. Son tres las actitudes por las que me pides opinión: pues defiendo la segunda y la tercera, claro: lo que me interesa y me parece bueno.Si no sabemos bien qué es un poema verdadero, por qué lo es, ¿cómo podemos expresar con acierto lo que buscamos en él? Es un misterio, es un misterio espléndido. A lo mejor lo que busco es precisamente eso: que me acerque, que me hunda en el misterio y la belleza del mundo visible y del invisible. Entonces podré ser agradecido.

Trabajar en un centro educativo (www.centroeducativoaltair.es), hacer nacer de las aulas una generación poética… sólo es posible si se cree en el valor social de la poesía. ¿Para qué la poesía? ¿Qué enseñas a tus alumnos sobre la poesía?

Empiezo a responderte por el final. ¿Qué enseño sobre la poesía? Primero, que existe, pues muchos no lo saben, porque no se lo han enseñado o porque han pasado sobre ella como sobre la aridez muda —por así decir— de asignaturas sin más, obligatorias. Lo verdadero y lo bello —es mi convencimiento— llega al espíritu por naturaleza. Ayudar a los estudiantes a leer buenos poemas —buena literatura— es intentar que lean desde sí mismos. Hay textos particularmente adecuados: de la tradición popular, de los clásicos, de los contemporáneos: elegirlos depende de la propia experiencia, y eso, paradójicamente— no limita a nuestros alumnos. A veces se trata a los estudiantes como si estuvieran marcados por unas limitaciones inevitables; entonces se les da leer literatura infantil, juvenil y cosas así, que sirven de muy poco para cultivar el espíritu, para ampliar el espacio interior, que es lo de lo que se trata. Procuro no olvidar lo que leí en Jean Gitton: La manía de entenderlo todo estropea toda lectura. O lo que dice Quevedo en el verso famoso: Si no siempre entendidos, siempre abiertos. Hay que procurar que los alumnos se emocionen, experimenten algo nuevo, que intuyan, aunque oscuramente, que hay algo magnífico, atrayente y valioso, que pueden atrapar. Hay poemas de escritores actuales que cumplen muy bien esta función. Y yo no soy un idealista, tengo experiencia profesional, y sé cómo son los estudiantes, cuáles son sus intereses y su formación, de qué están impregnados. Hago mi trabajo y lo hago como puedo. Pienso que implícitamente he respondido también, brevemente al para qué la poesía. Y sobre el valor social: otro gallo cantaría si la educación, los planes de enseñanza, fueran sensatos. Mira lo que indica la nueva Ley Orgánica de Educación en el artículo 91: La primera función del profesor es ¡¡¡programar!!! Riamos por no llorar. Tendemos a mirar hacia atrás, a los profesores eso nos pasa mucho: —Antiguamente sí que… Pero eso no desvirtúa algunos hechos: En el antiguo COU, por ejemplo, un estudiante de letras tenía siete horas semanales, diferenciadas, de lengua y literatura. Ahora tiene ¡tres! de las dos disciplinas juntas. Y si ves los programas, si los ves desde fuera del sistema, con espíritu crítico, no digamos.

Como editorial independiente, supongo que habrá sensación de cierta marginalidad respecto a la orientación editorial de los grandes grupos de poder en España. ¿Preocupa este desplazamiento o satisface?

A mí, ni una cosa ni otra, me parece. Sabemos a dónde vamos y nos gustaría poder contar con más medios… aunque la verdad es que no sé si eso sería bueno para nosotros, nos tentaría  a cambiar en lo que consideramos esencial. Estamos bien así, con esa sensación de marginalidad que dices. Pero eso no significa que no queramos llegar a todos los lectores de poesía, y hacer más lectores de poesía, y editar más. Si la marginalidad se convierte en pose, es fácil empezar a vivir de ella y dejar de serlo. No renunciamos a ahondar en el auténtico sentido de lo que significa editar, que es algo distinto a producir libros. Mala cosa sería que nos olvidáramos de los compromisos inherentes a la autenticidad.

No hablaremos de la crisis -póngase en barbecho un tiempo, por favor. Ahora bien, ¿por qué se escribe tanta poesía? ¿Hay más que decir ahora que antes?

Si no hubiera más que decir, qué sería de nosotros. Seguiremos diciendo cosas nuevas desde las palabras que han pronunciado y escrito los grandes de todos los tiempos, de todas las culturas. Leemos en clase Antígona y los alumnos se maravillan y se dan cuenta de que les inspira, de que gracias a ese libro pueden expresar lo suyo mejor. Si vivimos con hondura, diremos palabras hondas. Para decir, vivir.

No se vive de proyectos pero significan querer estar vivo. ¿Qué ofrecerá Númenor tras la antología de Ibáñez Langlois?

Bueno, hay proyectos lamentables que no significan querer estar vivos. Se podría hablar largamente del asunto. Espero que nuestros proyectos sean útiles. Vamos a editar un libro de poemas en prosa de José Julio Cabanillas, y algunos más de poetas inéditos de los que nacen en este ambiente de Númenor, que son muchos. Vamos descubriendo nuestros intereses y son ellos los que van marcando las directrices. Creo que hasta ahora hemos acertado.

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