Me lo contaba Miguel ayer por la tarde y me hizo mucha gracia. Fue hace unos días. Era temprano y Miguel estaba en la barra de un bar desayunando antes de entrar a trabajar. Pasó por la calle Manolo y, al ver a Miguel, entró.
-Hombre, Manolo,… ¿Cómo estás? ¿Has desayunado?-preguntó Miguel.
-No. Pero es que, verás, ejem…, precisamente hoy voy sin dinero…- le respondió Manolo con cara de hambriento.
-¡Venga, hombre, te invito a desayunar! faltaría más…-, dijo Miguel.
¿Quién sino Miguel para, de inmediato, desfacer este entuerto? ¿Cómo iba a dejar allí a Manolo sin desayuno?
-¡Gracias! -se apresuró a decir Manolo-. Y, sin mediar palabra, se da la vuelta y le dice al camarero: -”Teo, ponme lo de siempre”… - Lo de siempre eran dos buenas tostadas con jamón serrano y un buen café.
La cara de Miguel -que estaba con su media tostada de aceite y nada más- era un poema. Pero no se descompuso. Se echó a reír.
Y sólo se le ocurrió decir: -Pero Manolo…, ¡qué cara tienes!-
No sé si he sabido captar la escena. Manolo y Miguel son como hermanos. Se conocen muy bien y son tan amigos que lo que para otros podría ser considerado como un caso del típico “gorrón”, a mí me resultó la típica escena de dos buenos amigos, que no se andan con remilgos cuando uno necesita al otro.
Un diez por la cara dura de Manolo y otro diez a Miguelón por su detalle.
Qué cosa más bonita es la amistad. Tengo un amigo parecido:
- ¿Me das un cigarro?
- ¡Tienes un paquete en el bolsillo!
- Ya, pero ahora estoy contigo…
Y uno, pobre tonto, acaba invitando. Y la amistad sigue siendo lo más bonito que hay por aquí. Saludos.
Buenísimo.. sobre todo para los que fumamos. Gracias, Pablo